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martes, 27 de noviembre de 2007

ESTRELLA PORNO POR UNA NOCHE



Detrás del mercado de la pornografía se gesta todo un mundo paralelo relacionado con la explotación sexual, las drogas, la violencia, la delincuencia y el abuso sexual. Más allá de la moralidad, la pornografía requiere un análisis crítico de todo lo que se encuentra velado bajo la sombra de unos labios ardientes que evidencian el sexo de la manera más escueta.

El sexo que se muestra en la pornografía es absolutamente estereotipado, sobre dimensiona situaciones que se distancian de la vida sexual de una pareja normal, de aquellas parejas que toman café en la mañana y tienen malos días. A diferencia de personajes como la rubia Ginger Lee, las mujeres de comunes tienen vellos en las piernas, estornudan haciendo el amor y quedan embarazadas. A diferencia de Dick Ho, un actor porno asiático del los 70, los hombres de todos los días llegan del trabajo oliendo a sudor, no consiguen siempre la erección que quisieran y se les cae el cabello.

Si se concibe que lo erótico sólo está determinado por lo que lo mediático nos muestra, corremos el riesgo de sentirnos frustrados frente a nuestra propia sexualidad, a pesar de que siempre puede ser mucho más excitante que la que vive cualquier actor en un set de actuación. La pornografía puede ayudarnos a crear imágenes erróneas y distorsionadas de lo qué es la sexualidad humana.

Sin embargo, un tema que se ha hecho polémico, es la posibilidad de hacer videos íntimos caseros, con contenido sexual, en el que los actores son la misma pareja y ellos mismos son su único público. Una situación es la pornografía como un mercado y otra es lo que una pareja construye desde el ejercicio de sus juegos eróticos.

A través de lo audiovisual podemos emplear técnicas para capturar los momentos placenteros. La sexualidad produce un enorme goce estético, no sólo porque produce placer, sino porque el erotismo produce un caudal de sensaciones incontenibles. Lo que hace una pareja que decide fotografiarse o video grabarse haciendo el amor, es justamente capturar simbólicamente ese goce, y digo simbólicamente porque el goce sólo se sentirá en el momento mismo, pero la imagen no sólo permitirá la evocación y el recuerdo, sino que dará la sensación de tener en nuestras manos un pedacito de ese maravilloso momento que vivimos juntos.

Nuestro cuerpo sexual es un cuerpo que desconocemos, sobre todo las mujeres. Los hombres de alguna manera exploran ese cuerpo sexual a través de autoerotismo, pero el cuerpo femenino ha sido tan velado que incluso algunas mujeres no conocen su propio clítoris. Cuando una pareja decide grabar ese momento erótico de su sexualidad, les permite a ambos un reconocimiento de un cuerpo que resultaba ajeno. La vista y la audición, entonces, participan y responden generosas con la posibilidad de adornar con sensaciones innombrables el placer que se descubre a través de nuestra piel.

Una pareja que decide filmarse haciendo el amor y una tarde cualquiera deciden ver juntos aquellas imágenes, es una pareja que busca alternativas creativas para transformarse cada día. Sin embargo, el asunto peligroso es la idea de que uno de los dos, cuando las circunstancias cambien, se atreva a hacer uso indebido de este material, lo que pone en evidencia la intimidad frente a un mercado inescrupuloso que lo transforma en pornografía.

Los casos son numerosos y constituyen una vulneración de los derechos sexuales. Algunas veces lo que comienza como un juego sexual inocente, nos puede llevar a la desgracia, sobre todo cuando no respetamos unos mínimos códigos éticos para no hacernos más daño que aquel que el desamor ya nos trae.

La idea no es mala, ser estrella porno por una noche en la intimidad de la pareja, dos adultos que toman decisiones adultas y con el amor bendiciendo al placer, suena como un juego erótico apasionante. Siempre y cuando se cuente con la certeza absoluta de que la misma pareja se convierta en los mejores custodios para proteger aquello que han compartido y cuya evidencia trasciende los límites de la propia piel.




martes, 24 de julio de 2007

COMO UNA MUJER MANOSEADA

Para el hombre de ojos bellos que tomó mi mano mientras escribía

“Fuera, en el zaguán, en el cercado, se arrastraban los ciegos desamparados, doloridos por los golpes unos, pisoteados otros, eran sobre todo los ancianos, las mujeres y los niños de siempre, seres en general aún o ya con pocas defensas, milagro que no resultaran de este trance muchos más muertos por enterrar”
José Saramago, fragmento de Ensayo sobre la ceguera

Tengo una inquietud. Me pregunto qué hicieron con los habitantes de la calle que merodean el centro de la ciudad para que José Saramago no los viera y qué hicieron con las niñas víctimas de explotación sexual que se venden en el sector. La prensa anunciaba la llegada del novel a Cartagena y la celebraba con sincera emoción, pero cuántos cartageneros tuvieron la posibilidad de escucharlo. A muchos ni les interesaba, porque ni siquiera sabían de quién se trataba. Estaban ocupados en el rebusque diario, en ver como resolvían el día a día.

Saramago es ateo, marxista y absolutamente crítico de la realidad social. Cuestiona su apariencia burguesa, pero se presenta abiertamente como un campesino. No cree que las religiones unan a los seres humanos, porque es capaz de analizar tantos odios ancestrales en nombre de un dios, tan a la mano, cuando el Santo Papa expresa ambiguas declaraciones que ofenden al mundo Musulmán.

Se pregunta sin miedo por la democracia, en un mundo en el que aquellos que lideran las políticas sociales y económicas no son elegidos por nosotros. Ese es José Saramago, el autor de Ensayo sobre la ceguera, El evangelio según Jesucristo y de tantos otros textos más que lo han llevado a ser uno de los escritores más reconocidos de los últimos años.

Nacido en 1922, no le teme a la muerte, y en medio de una Cartagena militarizada entre las murallas, garantizando su seguridad y la de otros ilustres invitados, menciona un iluminante discurso, pero peligrosamente estéril si su voz no llega a aquellos que más necesitan escucharlo.

Es una muestra más de una ciudad que tiene las mismas condiciones de aquella mujer manoseada por todos, que por algo que perdió en el camino, no ha sido capaz de evitar perder la dignidad que le queda.

Aquella mujer que se apuesta en la esquina, que se oferta, como he visto a muchas haciéndolo en la calle para que algún turista le compre un tinte para el cabello o le de unos cuantos pesos que a cambio del euro no significan nada. Que si le doblan la oferta acepta no usar preservativo y que aún embarazada sigue en el oficio. Mientras llegan visitantes ilustres, los tambores siguen sonando cada noche en la que a cambio de tan poco se pierde todo.

Media ciudad tiene los pies en el barro, los niños mueren en un hospital esperando una unidad de cuidados intensivos que nunca se construyó, niñas ofrecen su cuerpo en el mercado, se discrimina a los negros en una ciudad de negros, en la que muchos desean otro color del piel y celebran el signo de “la bandera” en el color amarillento del cabello de sus hijos desnutridos como la esperanza de que algún día se vuelvan blancos, y se siguen eligiendo gobernantes a cambio de una teja que la brisa de agosto se lleva.

Cuando se le pone precio al cuerpo se ha perdido el valor del cuerpo. Dicen que las propiedades del centro de Cartagena se están valorizando…, lo dudo mucho, estarán subiendo de precio, que es otra cosa. Difícilmente se aumentará el valor de una ciudad que se disfraza con maquillaje para salir de noche y parecer digna de aprecio, cuando en el fondo de su alma vive en la agonía de saber que si no muere de hambre es porque la desidia la está matando.

Nos vendemos al mejor postor, perdemos la inocencia a cambio de unos cuantos pesos. Nos corrompemos, nos abandonamos, nos regalamos, nos dejamos usar, tocar y manosear. Somos una ciudad que acude silenciosa a la cita, sumisa, y se embriaga para olvidar los años de olvido en el que estamos. Lápiz de labios que nos esconda el hambre de la boca, unas gafas de sol que oculte el dolor de los ojos y un cigarrillo que nos ayude a mentir con ese mismo aíre desolador de un burdel.

La metáfora de la mujer manoseada es insuficiente. Muchas mujeres que ejercen la prostitución están en el lugar que su propia historia las ha puesto, la desgracia es dejar de soñar estar en otro lugar y abandonarse a su suerte. La misma desgracia que hoy destila la ciudad en un olor que confundimos con las alcantarillas, pero en realidad es el olor de la inequidad, del abandono y la desesperanza.

Señor Saramago, aquí también estamos en la ceguera, marginándonos a nosotros mismos, matándonos entre nosotros mismos y actuando como si nada pasara, perdiendo lo que usted ha dicho que es lo último que se debe perder: la dignidad.