sábado, 3 de mayo de 2008
VIAJANDO EN PRIMERA CLASE
“Tu aliento es mi única vida, y son tus ojos mi luz; mi alma está donde tu pecho, mi patria donde estás tú”
Augusto Ferrán
Rolando estaba vestido de negro, pero bailaba feliz. Yo lo contemplaba y me alegraba de verlo, pero no podía contener las lágrimas. Sin detener su baile, él me preguntaba por qué lloraba. Yo le explicaba con calma y le decía “lloro porque te estoy viendo y tú estás muerto” Rolando levantaba sus hombros en un gesto despreocupado y me hablaba con ternura y firmeza “yo sé que estoy muerto, pero no llores. Más bien recuerda algo, lo importante es lo esencial, si uno tiene amor lo tiene todo”
Hace algunos años Rolando me hablaba de lo que era vital, me hablaba de la compañía y del amor. Me enseñó un día, que en ocasiones el sólo roce de las manos entre dos personas que se aman, es todo, absolutamente todo. Y ese roce puede ser en cualquier lugar y bajo las circunstancias más simples.
Sin embargo, pocas personas tienen la posibilidad de dibujar el amor como lo hacía mi amigo. La mayoría de las veces estamos preocupados por construir un amor de escenarios. Parejas que pasan la vida buscando el siguiente camino excitante, el siguiente crucero, el siguiente viaje de yajé, el siguiente restaurante de lujo, la siguiente suite en la playa, como si cada una de esas circunstancias fuesen la tierra fértil que permite un amor que no encuentra lecho en los brazos de quienes lo viven.
Cuando el amor se apropia de sí mismo, cuando se siembra en las bocas que se besan, no necesita un lugar para existir más lejano que el propio abrazo. Y el cuerpo del amado es todo el territorio que nos interesa, y preferimos acariciar algún otro rincón secreto de su piel que viajar por el mediterráneo.
Cuando el amor se apropia de sí mismo, no necesita visa para nada, no paga peaje, no reserva ni discute con servicio al cliente. No carga nada a la tarjeta, no financia, no pide la cuenta, no regresa a casa, porque jamás sale de ella. No presume fotos de fin de semana ni se anuncia en la página de sociales.
Los lugares que recorremos son sólo pretextos para construir una historia. El palo de caucho que nos cobijó aquella noche de lluvia, la banca del parque en la que vimos el amanecer, el hotel de mala muerte en el que pasamos aquellos días intensos, la iglesia aquella en la que nos juramos amor por vez primera, la orilla del río en la que nos contamos nuestros secretos, el barcito aquel en el que bailamos nuestra canción….
Los lugares se convierten en pretextos simbólicos, pero lo imprescindible es lo que habita en esa relación, que se atreva a ser un amor de parque, que pueda construirse desde lo simple, aunque tengamos la posibilidad de viajar en primera clase. Si un amor no se encanta viendo un atardecer desde su propia ventana, es un amor tan perezoso y esnobista que tampoco merece que lo saquen de paseo.
Se evidencia casi una competencia absurda. La gente tiene conversaciones en las que ostenta el nuevo destino, aquellos que estuvieron en Aruba le ganan a los que estuvieron en Mendihuaca, los que estuvieron en Mendihuaca están por encima de los que fueron a La Boquilla, pero los que fueron a París, les ganan a todos los demás. Es un amor consumista, que se engaña, creyendo que son más felices aquellas parejas que tienen dinero para viajar.
Nadie tiene mayor cara de felicidad que los noviecitos de los pueblos, que se reúnen en la plaza central, tomados de la mano. No podemos estar seguros de que seamos más felices en un spa en Grecia que en una hamaca en el patio de la casa. De cualquier manera, cuando uno está enamorado, el lugar más exquisito es el pecho de la persona que amamos.
Augusto Ferrán
Rolando estaba vestido de negro, pero bailaba feliz. Yo lo contemplaba y me alegraba de verlo, pero no podía contener las lágrimas. Sin detener su baile, él me preguntaba por qué lloraba. Yo le explicaba con calma y le decía “lloro porque te estoy viendo y tú estás muerto” Rolando levantaba sus hombros en un gesto despreocupado y me hablaba con ternura y firmeza “yo sé que estoy muerto, pero no llores. Más bien recuerda algo, lo importante es lo esencial, si uno tiene amor lo tiene todo”
Hace algunos años Rolando me hablaba de lo que era vital, me hablaba de la compañía y del amor. Me enseñó un día, que en ocasiones el sólo roce de las manos entre dos personas que se aman, es todo, absolutamente todo. Y ese roce puede ser en cualquier lugar y bajo las circunstancias más simples.
Sin embargo, pocas personas tienen la posibilidad de dibujar el amor como lo hacía mi amigo. La mayoría de las veces estamos preocupados por construir un amor de escenarios. Parejas que pasan la vida buscando el siguiente camino excitante, el siguiente crucero, el siguiente viaje de yajé, el siguiente restaurante de lujo, la siguiente suite en la playa, como si cada una de esas circunstancias fuesen la tierra fértil que permite un amor que no encuentra lecho en los brazos de quienes lo viven.
Cuando el amor se apropia de sí mismo, cuando se siembra en las bocas que se besan, no necesita un lugar para existir más lejano que el propio abrazo. Y el cuerpo del amado es todo el territorio que nos interesa, y preferimos acariciar algún otro rincón secreto de su piel que viajar por el mediterráneo.
Cuando el amor se apropia de sí mismo, no necesita visa para nada, no paga peaje, no reserva ni discute con servicio al cliente. No carga nada a la tarjeta, no financia, no pide la cuenta, no regresa a casa, porque jamás sale de ella. No presume fotos de fin de semana ni se anuncia en la página de sociales.
Los lugares que recorremos son sólo pretextos para construir una historia. El palo de caucho que nos cobijó aquella noche de lluvia, la banca del parque en la que vimos el amanecer, el hotel de mala muerte en el que pasamos aquellos días intensos, la iglesia aquella en la que nos juramos amor por vez primera, la orilla del río en la que nos contamos nuestros secretos, el barcito aquel en el que bailamos nuestra canción….
Los lugares se convierten en pretextos simbólicos, pero lo imprescindible es lo que habita en esa relación, que se atreva a ser un amor de parque, que pueda construirse desde lo simple, aunque tengamos la posibilidad de viajar en primera clase. Si un amor no se encanta viendo un atardecer desde su propia ventana, es un amor tan perezoso y esnobista que tampoco merece que lo saquen de paseo.
Se evidencia casi una competencia absurda. La gente tiene conversaciones en las que ostenta el nuevo destino, aquellos que estuvieron en Aruba le ganan a los que estuvieron en Mendihuaca, los que estuvieron en Mendihuaca están por encima de los que fueron a La Boquilla, pero los que fueron a París, les ganan a todos los demás. Es un amor consumista, que se engaña, creyendo que son más felices aquellas parejas que tienen dinero para viajar.
Nadie tiene mayor cara de felicidad que los noviecitos de los pueblos, que se reúnen en la plaza central, tomados de la mano. No podemos estar seguros de que seamos más felices en un spa en Grecia que en una hamaca en el patio de la casa. De cualquier manera, cuando uno está enamorado, el lugar más exquisito es el pecho de la persona que amamos.
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viernes, 11 de abril de 2008
ENTRE LA OSCURIDAD Y LA TRANSPARENCIA
“Un hombre y una mujer que no se mintieran nunca y se confesaran inmediatamente todas sus traiciones no se engañarían nunca”
Michel Tournier
Para aquellos amores valientes
que intentan amarse tal como son,
esos que no se venden simulacros.
Es la primera vez que tengo decidido mi epígrafe antes de empezar a escribir. Lo encontré en un libro maravilloso, que fue un hallazgo sorprendente, de esos que se presentan cuando no los estamos buscando.
El personaje de la novela de Tournier, Yves Oudalle, le pregunta a Nadège, su mujer, si cree que es necesario mentir. Ella le responde diciéndole que “entre la oscuridad de la mentira y el cinismo de la transparencia hay lugar para toda una gama de claroscuros en que la verdad es conocida, pero callada, o voluntariamente ignorada”. Para Nadège, la buena intimidad debe estar en la luz crepuscular, no debe ser total transparencia, no debe ser total oscuridad, y agrega “Tú me engañas, yo te engaño, pero no queremos saberlo”
Mentir es casi un arte. La mentira perfecta es aquella que ocurre en medio de verdades, que le roba la dignidad a la verdad y se viste de ella, sólo de esta manera se vuelve creíble. Es pecado y hasta delito. Pero todos mentimos alguna vez…, todos. Como aquel que roba para comer es un ladrón, aquel que miente piadosamente es un mentiroso.
Las relaciones de pareja son el terreno de las mentiras. Existe una diferencia entre lo discursivo y lo real. El primer gran engaño de una pareja es el enamoramiento inicial que se da en el cortejo. Dos personas que se muestran con su mejor máscara, velados, con el mejor vestido para cautivarse mutuamente.
Jamás verán a un par de enamorados, durante sus primeras citas, hurgándose la nariz. Cómo pueden saber si en realidad aman lo que son, si no se muestran como son. La primera tragedia comienza cuando se evidencian humanos, entonces la doncella tiene mal aliento y el príncipe encantado muy mal humor. Se encuentran con sus malos olores, sus malos hábitos y sus neurosis. Se han mentido ambos. Sus vestidos principescos se vienen abajo y quedan al descubierto los vasallos que somos. Si para entonces, el amor se ha sembrado realmente, se seguirán amando a pesar de encontrase mortales, vulgares, humanos.
Las otras mentiras vienen después. La construcción de la pareja no sólo idealiza a los personajes, sino que también idealiza lo que se edifica entre ellos. Cualquier error es motivo suficiente para convertirnos en ángeles caídos frente a los ojos de aquella persona con quien compartimos la vida.
El juicio y la condena deben venir sobre el mentiroso, pero de la mentira también hace parte aquel que no puede con las verdades. Nadie quiere ser engañado. ¿Será eso cierto? ¿No queremos ser engañados? Cuántas veces no nos hacemos los tontos frente al engaño, por un lado tratando de descubrirlo, revisando llamadas telefónicas, abriendo sobres ajenos, invadiendo la privacidad del otro, pero por otro lado, petrificados, sin saber qué hacer con las verdades, actuando como si nada ocurriera, jugando al equilibrio patológico.
Conocí a una mujer que literalmente usaba mecanismos de tortura para que su pareja le confesara su infidelidad, harto de tantas presiones, un día él terminó admitiéndolo. Ella en medio de sentimientos de humillación, le reclamó el no haber “hecho bien las cosas”. “Haz lo que quieras, pero que yo no me entere”, ¿será este el claroscuro al que se refiere el personaje de Tournier?, hombres que dicen “En tantos años de casado, mi esposa jamás puede quejarse de que he tenido otra mujer” Y puede que haya tenido todas las del mundo, pero su orgullo no es la fidelidad, su orgullo es tener 20 años de inmaculada mentira.
Sufre el engañado y se engaña también aquel que crea la mentira. Pero podríamos rechazar ese sórdido panorama y abrirle paso a la luz de la transparencia de las verdades, de la crueldad de la verdad…, sólo si en realidad pudiéramos resistirlo. El que miente puede que sueñe con aquel día en el que se sepan todas las verdades y se haga libre, y el engañado puede que le tema a aquel día en que por fin deje de ser víctima de engaño y que la verdad se le ponga al frente de sus ojos y ya no sepa que hacer con ella.
De repente, prefiera el claroscuro, porque pueda que demasiada luz le deje ciego después de tanta oscuridad. Pero si en su relación quiere apostarle a la verdad, tendrán que redefinirlo todo, incluso dejar de mentirse a sí mismo. Tendrán que aceptarse humanos, amarse aún cuando sean ángeles caídos, quererse aún en las sombras, y preguntar sólo aquello que somos capaces de comprender. Difícil, imposible para muchos. En ocasiones, es mucho más cómodo quedarse en el discurso de la sinceridad y la confianza, mintiéndonos mutuamente y sobre todo mintiéndonos a nosotros mismos, exigiendo la verdad cuando no podemos con ella.
Michel Tournier
Para aquellos amores valientes
que intentan amarse tal como son,
esos que no se venden simulacros.
Es la primera vez que tengo decidido mi epígrafe antes de empezar a escribir. Lo encontré en un libro maravilloso, que fue un hallazgo sorprendente, de esos que se presentan cuando no los estamos buscando.
El personaje de la novela de Tournier, Yves Oudalle, le pregunta a Nadège, su mujer, si cree que es necesario mentir. Ella le responde diciéndole que “entre la oscuridad de la mentira y el cinismo de la transparencia hay lugar para toda una gama de claroscuros en que la verdad es conocida, pero callada, o voluntariamente ignorada”. Para Nadège, la buena intimidad debe estar en la luz crepuscular, no debe ser total transparencia, no debe ser total oscuridad, y agrega “Tú me engañas, yo te engaño, pero no queremos saberlo”
Mentir es casi un arte. La mentira perfecta es aquella que ocurre en medio de verdades, que le roba la dignidad a la verdad y se viste de ella, sólo de esta manera se vuelve creíble. Es pecado y hasta delito. Pero todos mentimos alguna vez…, todos. Como aquel que roba para comer es un ladrón, aquel que miente piadosamente es un mentiroso.
Las relaciones de pareja son el terreno de las mentiras. Existe una diferencia entre lo discursivo y lo real. El primer gran engaño de una pareja es el enamoramiento inicial que se da en el cortejo. Dos personas que se muestran con su mejor máscara, velados, con el mejor vestido para cautivarse mutuamente.
Jamás verán a un par de enamorados, durante sus primeras citas, hurgándose la nariz. Cómo pueden saber si en realidad aman lo que son, si no se muestran como son. La primera tragedia comienza cuando se evidencian humanos, entonces la doncella tiene mal aliento y el príncipe encantado muy mal humor. Se encuentran con sus malos olores, sus malos hábitos y sus neurosis. Se han mentido ambos. Sus vestidos principescos se vienen abajo y quedan al descubierto los vasallos que somos. Si para entonces, el amor se ha sembrado realmente, se seguirán amando a pesar de encontrase mortales, vulgares, humanos.
Las otras mentiras vienen después. La construcción de la pareja no sólo idealiza a los personajes, sino que también idealiza lo que se edifica entre ellos. Cualquier error es motivo suficiente para convertirnos en ángeles caídos frente a los ojos de aquella persona con quien compartimos la vida.
El juicio y la condena deben venir sobre el mentiroso, pero de la mentira también hace parte aquel que no puede con las verdades. Nadie quiere ser engañado. ¿Será eso cierto? ¿No queremos ser engañados? Cuántas veces no nos hacemos los tontos frente al engaño, por un lado tratando de descubrirlo, revisando llamadas telefónicas, abriendo sobres ajenos, invadiendo la privacidad del otro, pero por otro lado, petrificados, sin saber qué hacer con las verdades, actuando como si nada ocurriera, jugando al equilibrio patológico.
Conocí a una mujer que literalmente usaba mecanismos de tortura para que su pareja le confesara su infidelidad, harto de tantas presiones, un día él terminó admitiéndolo. Ella en medio de sentimientos de humillación, le reclamó el no haber “hecho bien las cosas”. “Haz lo que quieras, pero que yo no me entere”, ¿será este el claroscuro al que se refiere el personaje de Tournier?, hombres que dicen “En tantos años de casado, mi esposa jamás puede quejarse de que he tenido otra mujer” Y puede que haya tenido todas las del mundo, pero su orgullo no es la fidelidad, su orgullo es tener 20 años de inmaculada mentira.
Sufre el engañado y se engaña también aquel que crea la mentira. Pero podríamos rechazar ese sórdido panorama y abrirle paso a la luz de la transparencia de las verdades, de la crueldad de la verdad…, sólo si en realidad pudiéramos resistirlo. El que miente puede que sueñe con aquel día en el que se sepan todas las verdades y se haga libre, y el engañado puede que le tema a aquel día en que por fin deje de ser víctima de engaño y que la verdad se le ponga al frente de sus ojos y ya no sepa que hacer con ella.
De repente, prefiera el claroscuro, porque pueda que demasiada luz le deje ciego después de tanta oscuridad. Pero si en su relación quiere apostarle a la verdad, tendrán que redefinirlo todo, incluso dejar de mentirse a sí mismo. Tendrán que aceptarse humanos, amarse aún cuando sean ángeles caídos, quererse aún en las sombras, y preguntar sólo aquello que somos capaces de comprender. Difícil, imposible para muchos. En ocasiones, es mucho más cómodo quedarse en el discurso de la sinceridad y la confianza, mintiéndonos mutuamente y sobre todo mintiéndonos a nosotros mismos, exigiendo la verdad cuando no podemos con ella.
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jueves, 20 de marzo de 2008
LO FÁCIL SERÁ PECAR

Cuando era niña, estudiaba en un colegio de religiosas. Recuerdo los amplios salones siempre limpios. Los bonches, los palos de tamarindo y guayaba. Era feliz. Las monjas con sus vestidos bien planchados, cariñosas. Las amigas, las convivencias, la banda de guerra, la tuna, la infancia misionera, la barra de animación y las clases de baloncesto, mecanografía y costura.
Con cierta regularidad, debíamos asistir a una misa obligatoria. De manera tan ordenada, disciplinadas, bien peinadas. Un día, en medio de la sagrada eucaristía, me dio un ataque de tos, y como ya me habían dicho que bostezar, comer chicle y toser estaba prohibido en la misa, empecé a hacer todos los movimientos posibles para aguantarme, contuve la respiración, carraspeé, respiré profundo, traté de toser suavemente, pero finalmente la tos estalló con toda la resonancia que aquel catarro que padecía me lo permitió…, quedé expuesta a la vista de todos, apenada, avergonzada.
No se espere que una niña que vive tan traumática situación a los 9 años de edad, sea una mujer que visite mucho la iglesia. Aquella represión exagerada que percibí, provocó posteriormente la risa de algunos adultos a los que les conté mi sufrida historia. Tan inocente era en pensar que en “la casa de Dios” se pudieran enfrentar semejantes prohibiciones.
Ahora vivo muy cerca de una iglesia. Me encanta escuchar sus campanadas de la misa de la tarde anunciando los tiznes anaranjados que se forman en el cielo. He vuelto a ella y he encontrado que en su puerta tiene un anuncio que reza “Tu forma de vestir al venir a la iglesia muestra el grado de tu fé”. En el espaldar de sus bancas dice “No caminar ni colocar los pies en el reclinatorio”, también dice: “Apagar el celular” y por último: “No consumir alimentos, agua, ni chicle” “…ni chicles”, vuelve aquella desesperada imagen de mi infancia, y me pregunto si debo esperar encontrar algún anuncio que diga “Prohibido toser”
Entendía que los pecados capitales señalados por el Papa Gregorio I en el siglo VI, son: la soberbia, la envidia, la gula, la lujuria, la ira, la avaricia y la pereza. Todas son palabras graves, con acento en la penúltima sílaba, y son pecados graves. Quince siglos más tarde, no podíamos terminar de aprendernos esta lista, cuando El Vaticano saca una nueva lista de pecados “sociales” que son: las violaciones bioéticas, como la anticoncepción; los experimentos moralmente dudosos, como la investigación con células madres; la drogadicción, contaminar el medio ambiente, contribuir a ampliar la brecha entre los ricos y los pobres, la riqueza excesiva y generar pobreza.
Creía que eran suficientes los 10 mandamientos, pero el Papa consideró que necesitábamos más prohibiciones. Sin embargo, ahora parece que con tantos pecados, cada vez nos está quedando más fácil el ingreso al infierno.
El Vaticano coincide con la Conferencia Internacional sobre Población y desarrollo, realizada en El cairo en 1994, que tiene como prioridad la reducción de la pobreza. Supongo que por algún lado, en letra menudita, se justificará que en ciudad de El Vaticano exista tanta riqueza.
Pero al parecer, La Iglesia, en su esfuerzo por hacer una lectura sobre los nuevos pecados que abaten nuestra sociedad, no es conciente de la necesidad de promocionar la salud sexual y reproductiva. Tener acceso a métodos de anticoncepción hace parte de nuestros derechos sexuales y reproductivos, nos permite planificar nuestros embarazos y disfrutar de nuestra sexualidad sin temor.
Sin embargo, somos las mujeres las que debemos decidir. Somos nosotras las que llevamos embarazos que no deseamos, con hombres que huyen. Somos nosotras las que somos víctimas de violencia sexual hasta por parte de nuestra propia pareja, las que morimos en las salas de parto y las que tenemos que dejar todos nuestros sueños cuando quedamos embarazadas en la adolescencia, y además tenemos que cargar con la mirada de censura. Somos nosotras las que tenemos que casarnos con el primer borracho para no llevar el estigma de ser madres solteras. Somos nosotras las que criamos hasta el cansancio a tres niños cuando llevamos otro en el vientre y aún así tenemos que traer los huesitos para las sopas.
Con una lista tan larga de pecados, que sumando entre los capitales, los sociales, los 10 mandamientos y cualquier otro que se inventa el párroco de mi barrio, lo fácil será pecar. La píldora anticonceptiva ha evitado que muchas mujeres vivamos infiernos en esta vida y que traigamos al mundo a niños y niñas a vivir vidas infernales al no ser deseados, ni amados, ni planeados. Usemos o no anticonceptivos, después de todo estaremos en pecado por no reciclar. De cualquier manera ya lo dice el refrán, el que peca y reza…
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jueves, 21 de febrero de 2008
SOMOS UNA SUMA DE MIRADAS

“Esta vez, si me resbalo y me caigo no hay dolor, te ofrezco el corazón, rellenito de estrellas. Esta vez, en la cuenta del mundo somos dos…”
Huellas, Rolando Pérez
En los últimos días el país tiene ganas de marchar, algunos salen y se visten de blanco y en el fondo de su alma ni saben por qué están marchando, que si el sentido de la marcha era uno, que si la otra será por los otros, que si cierto grupo de reputación salvaje apoyó alguna, que unos que no marchan, pero se concentran…, la gente está que se marcha y sale a caminar y a gritar cosas, por indignación, por solidaridad, por repudio, por algo que sienten pero ni se explican, y a la final, más allá de las razones ideológicas, la verdadera razón para dejar lo que se está haciendo, ponerse una camiseta y someterse a un sol inclemente, es la alteridad.
El ser humano, que parece a veces de naturaleza perversa, se asume a sí mismo por la mirada amorosa de aquellos que lo rodean. Los bebés cuando nacen, creen que su madre y ellos son la misma entidad. Un bebé de apenas un mes de nacido, cree sin espacio a la duda, que él y su madre son una misma cosa, un mismo cuerpo…, y los bebés son sabios, tienen la razón. Cuando la madre está angustiada, el bebé con un llanto súbito de dolor se queja de cólico. Las abuelas decían que la leche se le agriaba, que “mija no le des la teta si estás peleando con tu marido”, pero lo cierto es que se sabe que la madre es la “psiquis” y el bebé es el “soma”. Aquello que la madre siente, que ocurre en su vida emocional, se evidencia en síntomas en el cuerpo de su bebé.
A medida que el tiempo pasa, el bebé empieza a darse cuenta de que son dos seres humanos diferentes, lo sabe tanto, que alrededor de los 9 meses presenta lo que se llama ansiedad por separación, y consiste en un horrible miedo a que la mamá se vaya y le abandone, a que no regrese, y ese miedo se va quitando a lo largo de la vida y en realidad no se termina de quitar nunca, porque aún, siendo adultos, nos sentimos inquietos cuando nuestra madre se va de viaje, ni hablar de la angustia cuando pensamos en la posibilidad de su muerte.
Pero el caso es que el bebé se empieza a enterar que es otra cosa, diferente a ese ser que le alimenta de su seno y eso es triste, pero también desafiante, porque representa el reto entonces de descubrir quién es. Y un bebé, digamos, cuando tiene 1 año, ya sabe que él no es su madre, y no sabe hablar, pero debe tener una idea de su existencia, una referencia de sí mismo, porque un bebé no sabe bien si es un pollo, o un pony, a un pequeño bebé ni siquiera se le ha dicho que pertenezca a la especie de los humanos. Pero empieza a intuir quién es a partir de la manera como lo miran.
Entonces siempre le explico a las mamás con las que trabajo, que los niños y niñas saben quiénes son, a través de los ojos de las personas cercanas, de las personas significativas. No es el reflejo en el espejo lo que define la configuración de la subjetividad de un niño pequeño, es el reflejo en los ojos de su madre, en los ojos de su padre, de su hermana mayor, de la abuelita…, si esos ojos lo miran con amor, el niño crecerá convencido de que es un ser de amor, y poco importa si es un gato, o una iguana, pero reconoce su valor…, pero si esos ojos lo miran con desprecio, el niño crecerá con la convicción de que es un ser despreciable.
Soy, gracias a los ojos de esos otros que me miran, que con su mirada revelan mi existencia y ellos son, gracias a la mirada que les devuelvo, y les revela su existencia. Esto es precisamente la alteridad, que a la final somos una suma de miradas que vienen de un lado para el otro.
Mañana, sábado 23 de febrero a las 6 de la tarde, en la Playa de la Artillería, en el bar de Eparquio Vega, estaremos reunidos intentando devolverle una miradita a Rolando Pérez, convoco a todos los que deseen acompañarnos, que ojalá donde quiera que esté le llegue una lucecita de nuestros ojos, que le recuerden lo que significó y lo que sigue siendo en nuestra memoria.
Cuando matan a alguien y no sucede nada, existe una expresión popular que dice “lo mataron como a un perro”, pobres perros, no creo que tengan la culpa de la desgracia humana. No hay que meter a los perros en esto, la impunidad necesita de la mirada de todos, el malestar ese que lo sigue levantando a uno a marchar por algo, la voz de protesta colectiva.
Ha pasado un año desde aquel horrible día en que encontré a mi amigo asesinado, quisiera saber un año más tarde qué se ha hecho, quisiera saber cuándo se hará justicia, quisiera saber cuáles son las respuestas de la fiscalía, quisiera saber qué ha hecho el Consulado de Cuba además de devolver el féretro a su país, quisiera saber qué ha hecho la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en la que Rolando fue profesor de comunicación social por años y formó a muchos periodistas que ahora trabajan en los medios, cómo se han pronunciado los académicos, los intelectuales que creemos que tenemos parte en todos los debates sobre la violencia y otros asuntos.
La gente marcha, por una simple razón, porque necesita ir a algún lado que no sabe dónde queda. Porque en el mundo que estamos las cosas no van bien, y tenemos que caminar y no sabemos que no es desde la India Catalina hasta la Torre del Reloj, es caminar en la vida, es seguir espantándonos por la inmundicia de la maldad y seguir soñando, así sea en medio del delirio, que algún día tendremos un mundo diferente.
Huellas, Rolando Pérez
En los últimos días el país tiene ganas de marchar, algunos salen y se visten de blanco y en el fondo de su alma ni saben por qué están marchando, que si el sentido de la marcha era uno, que si la otra será por los otros, que si cierto grupo de reputación salvaje apoyó alguna, que unos que no marchan, pero se concentran…, la gente está que se marcha y sale a caminar y a gritar cosas, por indignación, por solidaridad, por repudio, por algo que sienten pero ni se explican, y a la final, más allá de las razones ideológicas, la verdadera razón para dejar lo que se está haciendo, ponerse una camiseta y someterse a un sol inclemente, es la alteridad.
El ser humano, que parece a veces de naturaleza perversa, se asume a sí mismo por la mirada amorosa de aquellos que lo rodean. Los bebés cuando nacen, creen que su madre y ellos son la misma entidad. Un bebé de apenas un mes de nacido, cree sin espacio a la duda, que él y su madre son una misma cosa, un mismo cuerpo…, y los bebés son sabios, tienen la razón. Cuando la madre está angustiada, el bebé con un llanto súbito de dolor se queja de cólico. Las abuelas decían que la leche se le agriaba, que “mija no le des la teta si estás peleando con tu marido”, pero lo cierto es que se sabe que la madre es la “psiquis” y el bebé es el “soma”. Aquello que la madre siente, que ocurre en su vida emocional, se evidencia en síntomas en el cuerpo de su bebé.
A medida que el tiempo pasa, el bebé empieza a darse cuenta de que son dos seres humanos diferentes, lo sabe tanto, que alrededor de los 9 meses presenta lo que se llama ansiedad por separación, y consiste en un horrible miedo a que la mamá se vaya y le abandone, a que no regrese, y ese miedo se va quitando a lo largo de la vida y en realidad no se termina de quitar nunca, porque aún, siendo adultos, nos sentimos inquietos cuando nuestra madre se va de viaje, ni hablar de la angustia cuando pensamos en la posibilidad de su muerte.
Pero el caso es que el bebé se empieza a enterar que es otra cosa, diferente a ese ser que le alimenta de su seno y eso es triste, pero también desafiante, porque representa el reto entonces de descubrir quién es. Y un bebé, digamos, cuando tiene 1 año, ya sabe que él no es su madre, y no sabe hablar, pero debe tener una idea de su existencia, una referencia de sí mismo, porque un bebé no sabe bien si es un pollo, o un pony, a un pequeño bebé ni siquiera se le ha dicho que pertenezca a la especie de los humanos. Pero empieza a intuir quién es a partir de la manera como lo miran.
Entonces siempre le explico a las mamás con las que trabajo, que los niños y niñas saben quiénes son, a través de los ojos de las personas cercanas, de las personas significativas. No es el reflejo en el espejo lo que define la configuración de la subjetividad de un niño pequeño, es el reflejo en los ojos de su madre, en los ojos de su padre, de su hermana mayor, de la abuelita…, si esos ojos lo miran con amor, el niño crecerá convencido de que es un ser de amor, y poco importa si es un gato, o una iguana, pero reconoce su valor…, pero si esos ojos lo miran con desprecio, el niño crecerá con la convicción de que es un ser despreciable.
Soy, gracias a los ojos de esos otros que me miran, que con su mirada revelan mi existencia y ellos son, gracias a la mirada que les devuelvo, y les revela su existencia. Esto es precisamente la alteridad, que a la final somos una suma de miradas que vienen de un lado para el otro.
Mañana, sábado 23 de febrero a las 6 de la tarde, en la Playa de la Artillería, en el bar de Eparquio Vega, estaremos reunidos intentando devolverle una miradita a Rolando Pérez, convoco a todos los que deseen acompañarnos, que ojalá donde quiera que esté le llegue una lucecita de nuestros ojos, que le recuerden lo que significó y lo que sigue siendo en nuestra memoria.
Cuando matan a alguien y no sucede nada, existe una expresión popular que dice “lo mataron como a un perro”, pobres perros, no creo que tengan la culpa de la desgracia humana. No hay que meter a los perros en esto, la impunidad necesita de la mirada de todos, el malestar ese que lo sigue levantando a uno a marchar por algo, la voz de protesta colectiva.
Ha pasado un año desde aquel horrible día en que encontré a mi amigo asesinado, quisiera saber un año más tarde qué se ha hecho, quisiera saber cuándo se hará justicia, quisiera saber cuáles son las respuestas de la fiscalía, quisiera saber qué ha hecho el Consulado de Cuba además de devolver el féretro a su país, quisiera saber qué ha hecho la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en la que Rolando fue profesor de comunicación social por años y formó a muchos periodistas que ahora trabajan en los medios, cómo se han pronunciado los académicos, los intelectuales que creemos que tenemos parte en todos los debates sobre la violencia y otros asuntos.
La gente marcha, por una simple razón, porque necesita ir a algún lado que no sabe dónde queda. Porque en el mundo que estamos las cosas no van bien, y tenemos que caminar y no sabemos que no es desde la India Catalina hasta la Torre del Reloj, es caminar en la vida, es seguir espantándonos por la inmundicia de la maldad y seguir soñando, así sea en medio del delirio, que algún día tendremos un mundo diferente.
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MÁS QUE DESNUDOS

“Tengo un terciopelo azul para ti,
tengo una imagen de una mujer que no soy,
de una mujer en la que me transformo sólo cuando estamos juntos”
Francesca Brango
A pesar de que la moda ha sido tildada por una connotación de frivolidad, en realidad es una de las muestras más contundentes de los cambios históricos y culturales de la humanidad. Las diversas formas de expresarse a través del vestuario, también han llegado al terreno de lo erótico y han vestido el desnudo de lo pornográfico.
En un mercado de la fantasía sexual se ofertan desde ropa interior comestible saborizada hasta una prenda para mujer que se inspira en una camisa de fuerza propia de un manicomio. Vestidos de atrevidas enfermeras, de desinhibidas colegialas, de miembro de la fuerza pública con tendencias sádicas, son todo un abanico de posibilidades en el que la ropa es el juguete sexual.
Sin embargo más allá de lo que ofrece el comercio, los cuerpos adquieren un sentido de moda para la intimidad. El vestuario ha caracterizado fotografías memorables que se constituyen modelos por lo que representan en la conciencia colectiva, y ha estado alimentado por las texturas, por la seda, por el encaje, por colores como el rojo y el negro, la postura, la insinuación carnosa de los labios, por las plumas, por las mallas en las piernas, por el liguero, los altos tacones, el terciopelo, todas, prendas que parecen conocer por sí solas el principio del placer.
El cine lo ha ilustrado en aquellas Inolvidables escenas de Sharon Stone, en la película Bajos instintos, con un cruce de piernas que dejaba ver un poco más allá de lo esperado, pero menos que lo deseado; o la inmortal escena de Marilyn Monroe con su falda al viento en "The Seven Year Itch". Cada elemento que acompaña a estas mujeres, desde el efecto de la luz hasta la expresión de los ojos, más que ser simples detalles, se conforman en un conjunto de representaciones simbólicas.
La moda en lo sexual, permite el juego de la transformación, de la reelaboración del cuerpo. El cuerpo no sólo es, el cuerpo también se construye y se reconstruye, asume formas, asume el desafío de representarnos. En lo sexual, los modelos, responden a la exigencia de multiplicar el cuerpo de la persona amada en diversas fotografías y esta transformación tiene lugar, justamente, en el juego erótico de la pareja. Es en ese maravilloso espacio de intimidad en la que somos capaces de construir todas esas imágenes, en las que nos volvemos muchas mujeres a la vez, muchos hombres a la vez, en la que somos personajes de otros tiempos.
En la plenitud de esta elaboración, el hombre que amamos es él y es todos los hombres a la vez, y podemos ser todas las mujeres posibles. Por eso dentro del juego erótico se intercambian las ropas, se adornan con lencería que simula pieles de felinos salvajes, se usan vendajes en los ojos, se atan…, por eso, no siempre la desnudez es la mejor alternativa, por eso, de manera deliberada, buscamos prendas que nos recrean, que nos simulan…, el uso de un antifaz, de un corsé, que nos permiten tener muchos nombres en nuestra intimidad.
Todo esto es posible en la medida que somos capaces de construir una relación que nos permita ser libres para ser nosotros mismos, una relación con aceptación, con la libertad de ser justo lo que somos, en la que no sea necesario reprimirnos, en las que el respeto y la libertad primen, en la que no sea necesario negarnos a nosotros mismos, sólo de esta manera podemos atrevernos a construir una sexualidad capaz de recrearnos, porque no podemos asumir otras construcciones y disfrutarlas, ni siquiera dentro del juego sexual, cuando no somos capaces de asumirnos a nosotros mismos dentro de la relación de pareja.
En ocasiones los prejuicios no nos permiten vivir experiencias desinhibidas, porque nuestros conceptos significan nuestra propia celda en la que se marcan los límites de lo probable. También, los prejuicios son una verdadera cárcel, cuando creemos que para ser felices sexualmente debemos cumplir con estereotipos creados por otros. La medida justa está en la entrega mutua, que nos lleva un poco más allá de nuestros prejuicios moralistas y un poco más acá de representaciones predecibles de la sociedad de consumo. Sólo si nuestras cercanías son auténticas, podremos ser lo que somos en realidad y darle paso a aquello que somos también en la fantasía.
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