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domingo, 1 de marzo de 2009

LOS AMORES LÉSBICOS

“Encontraron sus labios suaves en un beso. Sus lenguas húmedas se tocaron y sus vientres se hicieron uno sólo. Sus senos se juntaron en un abrazo infinito, jadeante. El frenesí de sus pubis se silenciaba en una sonrisa cómplice. Una era, ahora, de la otra”
Las amantes, Francesca Brango.

La isla de Lesbos es la tercera isla más grande de Grecia y casi la mitad de su superficie está cubierta por olivos. Fue la tierra que vio nacer a Safo, la poetisa cuya obra alberga escenarios de amor entre mujeres y la inmensa pasión de las relaciones humanas. Los amores lésbicos, caracterizados por aquellas pasiones desatadas entre mujeres, llevan este nombre en honor a esta isla, albergando inimaginables mitos.
Lo lésbico ha estado condenado a una doble sentencia. Por un lado está atado a lo femenino, que ha sido sometido históricamente dentro de un patriarcado depredador, y por otro lado está atado a lo homosexual, que significa la ruptura con el patrón dominante de la heterosexualidad. Así, doblemente juzgado por el mismo crimen, lo lésbico implica ser mujer y ser homosexual.
Tristemente la única forma en la que se acepta la sexualidad entre dos mujeres, es que esté al servicio de los hombres. El sistema patriarcal ha encontrado más una fuente de divertimento en la homosexualidad femenina que una amenaza. Se controla la ruptura del orden ocultando “la falta” detrás del placer voyerista de algunos hombres.
Los amores lésbicos se han plasmado en la pornografía alimentando el ojo del macho, que fantasea con ser el dueño de la imagen erótica entre dos mujeres. Tal vez esta sea la transgresión más grande a lo lésbico, cuando se obliga a convertirse en símbolo sexual de una sociedad de consumo devoradora de imagen.
Las relaciones eróticas entre mujeres se vuelve portada de un CD recién lanzado con miles de copias piratas, se vuelve beso público de reinas del pop y se vuelve promoción de un cine rojo triple x que se exhibe en salas de una calle céntrica y sucia.
Se perdona lo lésbico cuando sirve a lo masculino, de lo contrario, su segunda opción de existencia es bajo la connotación de travesura previa al matrimonio. Como juego sexual de niñas inmaduras que se divierten con la falda de su compañerita de clase, que se besan bajo la mesa y que escriben un diario adolescente juntas mientras poco a poco de convierten en mujeres adultas y conservadoras, dejando atrás un episodio poco decoroso y pueril.
De esta manera, lo lésbico se tiñe de un acto desmesurado de los impulsos sexuales de mujeres traviesas y absurdas, rebeldes que requieren pronto unas nalgadas, que fuman sin permiso y desobedecen antes de empezar a hacerse aburridas madres de familia con tres hijos y un marido sordo, un curso de jardinería y toda su moralidad reflejada en un vestido color guayaba. Mujeres que olvidaron toda su irreverencia y prefirieron quemar las páginas de aquellos diarios sucios de pecados no confesados.
De esta forma, tampoco existe el mínimo respeto por los amores lésbicos, que sólo parecen incluirse en la lista de las posibilidades si son pornográficos o actos pueriles de una juventud desequilibrada que se deja atrás con el matrimonio.
Quizá lo lésbico ha sido históricamente menos condenado y despreciado que la homosexualidad masculina, pero sin embargo ha sido lanzado al bote del silencio y de la indiferencia. Se discrimina menos, pero se silencia más. Se desprecia menos, pero se invisibiliza más. Se padece menos, pero se ignora más.
Las mujeres homosexuales no son tenidas en cuenta en los programas de salud sexual y reproductiva, en los que con frecuencia se asume la existencia de una pareja masculina exclusivamente.
Invisibles, silenciosas, no se juzgan porque simplemente ni siquiera existen para el mismo ojo que las discrimina. No existen. Ni siquiera existen para ser juzgadas. Ni siquiera existen para ser lloradas. Ni siquiera existen para ser negadas. Salvo una que otra que haya sido quemada en alguna hoguera del patio de atrás de una casa.

domingo, 27 de julio de 2008

LA CAUTIVANTE BELLEZA DE UNA FEA

Juan Martín es un perfecto reconocedor de la belleza femenina, la huele en la distancia y aprecia infinitamente esas mujeres de largas piernas robustecidas, bronceadas como un mármol. Lo cautiva el rostro de una mujer bella, de esas que entran a un lugar con unas tetas dibujadas, absolutamente seductoras. Juan Martín no se rodea de feas, sale con mujeres bonitas, estilizadas, que parecen sacadas de las revistas.
Por circunstancias laborales debe reunirse con una mujer que resulta ser tan poco atractiva que ni siquiera puede pretender un espacio en la memoria para ser recordada como fea. Un cuerpo que a simple vista no dice nada, un rostro escondido detrás de nada, rellena, de gafas y un pelo corto que parece estar puesto allí por obligación. Más que horrible es una mujer insignificante. Juan Martín y ella trabajan revisando un documento. Él casi no la mira, no podrá recordarla al día siguiente. Concentrados exclusivamente en el trabajo, ella empieza a dar argumentos sobre uno de los tópicos que analizan. Él sólo la escucha. Poco a poco mientras ella habla, él empieza a sentir un extraño interés en sus palabras. Tan coherentes, tan suaves y firmes. Repentinamente Juan Martín desea saber quién es la mujer que habla y desprende su mirada del documento y la mira, la mira mientras ella habla.
Algo se empieza a transformar frente a sus ojos. Todas las palabras que ella argumenta empiezan a escucharse melodiosas y le permiten descubrir a una mujer, quizá la fea más bella que haya visto en su vida. Ella comprometida con cada una de sus palabras ignora que Juan Martín ha empezado a desearla. Él ya no la escucha, sólo ve su boca moverse y se imagina que la besa. Más allá de las gafas de marco azul hay unos ojos y Juan Martín sólo piensa en recorrerlos con la lengua.
Desconozco otros detalles. No sé si fueron a la cama. No puedo afirmarlo, ni tampoco negarlo. Pero ahora Juan Martín quiere renunciar a ser un hombre frívolo. Aquella tarde descubrió las infinitas posibilidades del encuentro con una mujer. Dice ahora que prefiere a las feas, dice que lo importante no es el cuerpo que una mujer tenga, sino lo que se hace con ese cuerpo. Dice que sigue buscando a la fea de su vida.
La última vez que lo vi estaba con una mujer tan bella que parecía famosa. Vestía con un profundo escote y su cabello largo parecía de mentiras. Se movía perfecta con su perfume Chanel. Le pregunté por la fea y me dijo “La sigo buscando” Fue difícil creerle, pero lo hice.
Es posible que todos podamos reconocer lo que es la belleza femenina, que todos como Juan Martín sepamos exactamente dónde está. Pero de manera paradójica, en la vida real, hay casos de mujeres no tan agraciadas que tienen sorprendentes resultados cuando de conquistar hombres se trata, y hay otras que con todos los atributos físicos a su favor no tienen la misma suerte.
La belleza es también cuestión de actitud, cuestión de encanto. Un terrateniente podrá ser dueño de mil hectáreas, pero si sólo es capaz de reconocer como suya una de ellas, jamás podría compartir con otra persona más allá de esa única hectárea. Puede ser la tierra más bella, más generosa, pero él sólo tendrá para mostrar un miserable terruño del que se cree dueño.
Pero si otro campesino, es sólo dueño de tres hectáreas, quizá más áridas y menos fértiles, pero se reconoce como dueño y señor de su pequeña tierra, podrá disponer absolutamente de ella y compartirla de la manera que le apetezca. Aunque el primer hombre tenga más, en la medida que no sea capaz de reconocer lo suyo como suyo, siempre tendrá menos que el segundo, menos para mostrar, menos para compartir.
La seducción femenina no requiere exclusivamente la belleza, en realidad puede prescindir de ella, lo fundamental es reconocer nuestro cuerpo como nuestro, hacernos dueñas de las hectáreas que nos pertenezcan. Algunas mujeres que acuden a un encuentro con el bisturí, deben comprender que el verdadero cambio en sus vidas tendrá lugar el día que redefinan su cuerpo, que se apropien de él. La cirugía plástica sólo tendrá los efectos deseados cuando somos capaces de descubrirnos a sí mismos como un cuerpo erótico y sensual.
Esa comunión con la sensualidad de nuestro cuerpo no depende de las formas que tenga nuestro cuerpo – y nuestro rostro-, depende del descubrimiento de nuestras posibilidades eróticas más allá de cualquier patrón de belleza. Probablemente Juan Martín lo descubrió en aquella mujer de las gafas del marco azul. Tal vez fue tan fascinante que él insiste en encontrar una mujer no más belle, sino una mujer que sea dueña de la belleza que tenga, una fea que le haga sentir que es la mujer más cautivante del mundo.

jueves, 20 de marzo de 2008

LO FÁCIL SERÁ PECAR



Cuando era niña, estudiaba en un colegio de religiosas. Recuerdo los amplios salones siempre limpios. Los bonches, los palos de tamarindo y guayaba. Era feliz. Las monjas con sus vestidos bien planchados, cariñosas. Las amigas, las convivencias, la banda de guerra, la tuna, la infancia misionera, la barra de animación y las clases de baloncesto, mecanografía y costura.

Con cierta regularidad, debíamos asistir a una misa obligatoria. De manera tan ordenada, disciplinadas, bien peinadas. Un día, en medio de la sagrada eucaristía, me dio un ataque de tos, y como ya me habían dicho que bostezar, comer chicle y toser estaba prohibido en la misa, empecé a hacer todos los movimientos posibles para aguantarme, contuve la respiración, carraspeé, respiré profundo, traté de toser suavemente, pero finalmente la tos estalló con toda la resonancia que aquel catarro que padecía me lo permitió…, quedé expuesta a la vista de todos, apenada, avergonzada.

No se espere que una niña que vive tan traumática situación a los 9 años de edad, sea una mujer que visite mucho la iglesia. Aquella represión exagerada que percibí, provocó posteriormente la risa de algunos adultos a los que les conté mi sufrida historia. Tan inocente era en pensar que en “la casa de Dios” se pudieran enfrentar semejantes prohibiciones.

Ahora vivo muy cerca de una iglesia. Me encanta escuchar sus campanadas de la misa de la tarde anunciando los tiznes anaranjados que se forman en el cielo. He vuelto a ella y he encontrado que en su puerta tiene un anuncio que reza “Tu forma de vestir al venir a la iglesia muestra el grado de tu fé”. En el espaldar de sus bancas dice “No caminar ni colocar los pies en el reclinatorio”, también dice: “Apagar el celular” y por último: “No consumir alimentos, agua, ni chicle” “…ni chicles”, vuelve aquella desesperada imagen de mi infancia, y me pregunto si debo esperar encontrar algún anuncio que diga “Prohibido toser”

Entendía que los pecados capitales señalados por el Papa Gregorio I en el siglo VI, son: la soberbia, la envidia, la gula, la lujuria, la ira, la avaricia y la pereza. Todas son palabras graves, con acento en la penúltima sílaba, y son pecados graves. Quince siglos más tarde, no podíamos terminar de aprendernos esta lista, cuando El Vaticano saca una nueva lista de pecados “sociales” que son: las violaciones bioéticas, como la anticoncepción; los experimentos moralmente dudosos, como la investigación con células madres; la drogadicción, contaminar el medio ambiente, contribuir a ampliar la brecha entre los ricos y los pobres, la riqueza excesiva y generar pobreza.

Creía que eran suficientes los 10 mandamientos, pero el Papa consideró que necesitábamos más prohibiciones. Sin embargo, ahora parece que con tantos pecados, cada vez nos está quedando más fácil el ingreso al infierno.

El Vaticano coincide con la Conferencia Internacional sobre Población y desarrollo, realizada en El cairo en 1994, que tiene como prioridad la reducción de la pobreza. Supongo que por algún lado, en letra menudita, se justificará que en ciudad de El Vaticano exista tanta riqueza.
Pero al parecer, La Iglesia, en su esfuerzo por hacer una lectura sobre los nuevos pecados que abaten nuestra sociedad, no es conciente de la necesidad de promocionar la salud sexual y reproductiva. Tener acceso a métodos de anticoncepción hace parte de nuestros derechos sexuales y reproductivos, nos permite planificar nuestros embarazos y disfrutar de nuestra sexualidad sin temor.

Sin embargo, somos las mujeres las que debemos decidir. Somos nosotras las que llevamos embarazos que no deseamos, con hombres que huyen. Somos nosotras las que somos víctimas de violencia sexual hasta por parte de nuestra propia pareja, las que morimos en las salas de parto y las que tenemos que dejar todos nuestros sueños cuando quedamos embarazadas en la adolescencia, y además tenemos que cargar con la mirada de censura. Somos nosotras las que tenemos que casarnos con el primer borracho para no llevar el estigma de ser madres solteras. Somos nosotras las que criamos hasta el cansancio a tres niños cuando llevamos otro en el vientre y aún así tenemos que traer los huesitos para las sopas.

Con una lista tan larga de pecados, que sumando entre los capitales, los sociales, los 10 mandamientos y cualquier otro que se inventa el párroco de mi barrio, lo fácil será pecar. La píldora anticonceptiva ha evitado que muchas mujeres vivamos infiernos en esta vida y que traigamos al mundo a niños y niñas a vivir vidas infernales al no ser deseados, ni amados, ni planeados. Usemos o no anticonceptivos, después de todo estaremos en pecado por no reciclar. De cualquier manera ya lo dice el refrán, el que peca y reza…



jueves, 21 de febrero de 2008

EL EROTISMO DE LAS MUJERES GORDAS

Gracias a mi amiga Claudia,
Quien tiene el corazón mil veces más grande que su cuerpo.


Recuerdo en los últimos días haber visto a una mujer que vestía un pantalón hasta la media pierna, de lycra azul y completamente ajustado. Me llamó la atención porque era una mujer gorda, muy gorda, y la ropa que llevaba le dejaba ver con vital descaro cada uno de los pliegues de unas rollizas piernas y unas nalgas tan grandes como el planeta Tierra.

En principio, pensé que era conveniente para mí caminar al lado de ella, por comparaciones espontáneas, me sentiría un poco más delgada. Pero avanzando algunos pasos, me di cuenta de la manera como esta mujer movía su cuerpo. Cada paso que daba revestía una enorme sensualidad, más grande que el tamaño de su exagerada gordura. Su figura no era su defecto, era su gracia, y al parecer, ella lo sabía.

Una mujer gorda es considerada bella o fea de acuerdo a la cultura y al momento histórico. En Europa, durante el siglo XIV, en medio de la inmundicia de una peste negra que acababa con la especie humana, una mujer delgada era sinónimo de fragilidad y posiblemente de enfermedad. Las mujeres gordas eran atractivas porque eran consideradas sanas y fuertes.

En Cuba, durante el periodo especial y con las más grandes dificultades económicas, cada kilo de más en las caderas de una mujer, eran la representación de la abundancia, en medio de todas las restricciones que adelgazaban a algunos.

Esto quiere decir, mientras algunas modelos intentan matarse del hambre, la gordura femenina también tiene su valor erótico. Aquella mujer que caminaba con su lycra azul lo sabía. Más allá de los gustos particulares, la gordura no es ni un pecado, ni un delito, ni debe ser considerada un castigo. Si bien es cierto todos los problemas asociados al sobrepeso, que todos debemos pensar en un peso ideal por razones de salud, lo estético no está necesariamente en ese cuerpo egoísta en sus carnes.

En ocasiones, mujeres gordas tienen dificultad en su vida sexual, porque se sienten inseguras y perciben su cuerpo como indeseado. Es importante comprender que en el ejercicio íntimo de la sexualidad, el valor del cuerpo está dado en la manera como nosotros nos entregamos generosamente, y esa entrega no depende de cuánto pesamos.

La primera conquista para satisfacernos sexualmente, es la conquista de nuestro propio cuerpo. Reconocerlo como nuestro y quererlo. Una mujer gorda que se apropia de su cuerpo como su territorio, será una mujer que de manera generosa tendrá un cuerpo voluptuoso para entregarse a sí misma en el encuentro sexual.

Para el sexo, el problema no está en ser gorda, está en desconocer nosotras mismas lo que tenemos, está en sentirnos inhibidas. De hecho, hay mujeres delgadas con cuerpos parecidos a los cánones de belleza actuales, que están absolutamente disminuidas porque no se han apropiado de su propio cuerpo como una posibilidad erótica. Un cuerpo perfecto no es la clave para una sexualidad plena.

En los casos en los que el sobrepeso es elevado, algunas posiciones sexuales pueden facilitar el acoplamiento de los cuerpos en la relación coital, pero la riqueza del encuentro sexual no está dada en la técnica, está dada en el arte. En realidad, el acoplamiento de los cuerpos se da en la medida que también los seres que representan esos cuerpos puedan acoplar, por decirlo así, sus almas.

Algunas veces el sobrepeso influye negativamente en la autoestima, porque una mujer gorda puede sentirse despreciada, porque no encaja en los patrones de belleza, porque tiene que enfrentar comentarios desagradables y en ocasiones, hasta burlas. El ser humano puede ser también cretino por naturaleza y de manera muy estúpida llevar a una mujer al sufrimiento por sentirse menos valiosa. De hecho, algunas, soportan relaciones desequilibradas, violentas y asimétricas, con la sensación de que si terminan esa relación, será muy difícil que otro hombre se fije en ellas. Nada tan mentiroso. Ningún ser humano que nos desprecie merece ser el último nombre que nombren nuestras bocas.

Si bien, algunos hombres desestiman a las mujeres por unos gorditos de más y consideran que el único atractivo posible está en una mujer de magra figura, otros se sienten atraídos por estos cuerpos voluminosos y de abrazos generosos. De cualquier modo, cuando se piensa en una relación amorosa que dure siempre, al cuerpo de las gordas y de las flacas, algún día se lo comerán los gusanos y dejaremos de existir sobre esta tierra, envejeceremos hasta transformarnos en abono para las plantas y en ese camino que le llamamos vida, que no es tan largo como creemos, sólo seremos felices si aprendemos a valorar lo esencial de nosotros y sólo disfrutaremos nuestra sexualidad si aceptamos y valoramos nuestros cuerpos, tengan la forma que tengan.





viernes, 7 de diciembre de 2007

DETRÁS DE UN CUERPO QUE CANTA




“Oye Piñales la vida vale la pena Coge la pala en la mano y vamos a sacar arena César Jiménez ya la creciente bajó Vamos a sacar la arena pa`ganarnos el arroz Amil Martínez la vida vale la pena”

Petrona Martínez


Las mujeres cantaoras del Caribe tienen la fuerza de una voz ancestral, su canto se escucha desde Santa Ana hasta San Martín de Loba, y conversa con otros cantos de aquellas voces de cantaoras del pacífico colombiano.

Etelvina Maldonado, Martina Camargo y Petrona Martínez, son una muestra de sublimes maestras bullerengueras y son representación de muchas mujeres que encontraron en el canto la manera de expresar la sensualidad del Caribe, en la firmeza de sus voces y en la pasión de años dedicadas a los bailes cantados, a la tambora y a las palmas.

Son mujeres que parecen haber nacido viejas, sin miedo a las canas, ni a las arrugas, cuya muerte como lo dice Etelvina, sólo ocurrirá cuando dejen de cantar. Y aún así, son voces tan memorables, que retarán el olvido cuando llegue el último día de sus vidas y detengan su respiración, porque seguirán cantando desde algún lugar lejano y su fuerza se seguirá sintiendo en el monte, en los patios de Gamero, en San Cayetano y en Palenque.

En entrevista con el periodista David Lara Ramos, Martina Camargo refiere como acompañó a su padre, Cayetano Camargo, a morir: “le cogía la mano y le preguntaba, papá, ¿le canto tambora?, y él me decía sí, con la cabeza. Yo me le acercaba al oído y le susurraba: ‘papá. le voy a cantar unos temas y usted me dice cuál le gusta” Alguna vez él le había pedido a su hija que nunca dejara de cantar, como si intuyera en ese momento, que era ese mismo canto el que lo iba a conectar con la vida cuando estaba cercano a la muerte. En la misma entrevista, Martina le confiesa a David Lara que ese había sido un momento triste y alegre a la vez “…a veces no podía seguir, me daba dolor verlo así”

Aunque es posible que algunas personas se sintieran complacidas al escuchar en la ceremonia de coronación del Reinado Nacional de la Belleza, la voz de la santandereana Diana Hernández, líder del grupo María Mulata, me pregunto con cierta sospecha las razones que motivan a los organizadores del concurso para traer personajes que imitan pobremente a nuestras cantaoras, teniéndolas a ellas tan cerca, aquí mismo en el Caribe. El cierre de la semana de las fiestas de independencia de Cartagena, se hizo con el mal remedo de nuestras bullerengueras, como si ellas ya estuvieran muertas.

El haberse ganado un premio en un festival en Viña del Mar, no significa que sea representante de nuestra cultura. Aprenderse un bullerengue y cantarlo bonito, no convierte a nadie en bullerenguera, ni debe ser suficiente para confundir a un auditorio, que incauto cree que se está haciendo un reconocimiento de lo propio, cuando en realidad se aprovecha el grito de una cultura para transformarlo en un mercado, en el que todo se vende.
Bastante molesto resulta ver a las presentadoras de RCN comentando películas del Festival de Cine, con esa fachada del séptimo arte que convence muy poco, como para además tener que soportar la incapacidad de diferenciar entre un bullerengue o un chandé, espero que por lo menos la cantante de María Mulata si supiera lo que estaba cantando.

El erotismo de las voces de nuestras cantaoras va mucho más allá de una voz bonita para el canto, es el erotismo de un estilo de vida, de la tradición oral, lo que ocurre mientras se lava la ropa, cuando se busca el agua y se reconoce lo cotidiano de cada día. Alguna vez escuché que Etelvina Maldonado cambió varios premios para que sus hijos pudieran ir a la escuela, entonces tal vez el bullerengue sea sólo un pretexto para mostrar todo lo que se lleva dentro.

Para sacar la voz del cuerpo de una mujer cantaora, se debe recordar lo que ese cuerpo vive. La sensualidad de sus voces viene desde adentro navegando por lo ríos, de la mujer que se escapa en las noches para cantar, de la que deja los oficios a un lado, que enreda al marido con dulces engañitos para poder cantar, que levanta a sus hijos y les da primero de mamar con sus tetas y luego les da de mamar con su canto.

Es cautivante el papel de la mujer en la conservación de la cultura popular, de aquello que se aprende de la boca de la abuela y se regala a la boca de la nieta, de las historias cantadas a sus hijos en las piernas, sembrados en una mecedora, justo antes que el anochecer despunta.

El reconocimiento de nuestra identidad es lo que nos recuerda el sujeto que somos, de dónde venimos es el único punto de partida que nos permite imaginarnos y soñar hacia dónde vamos. Las mujeres cantaoras del Caribe colombiano llevan a cuesta nuestra cultura y nos susurran al oído de qué estamos hechos. Si olvidamos esto, olvidaremos quiénes somos y dejaremos de ser, para convertirnos en nada, en la desgraciada nada.
*Etelvina Maldonado desde el lente de Lisette Urquijo

martes, 14 de agosto de 2007

SOBRE LAS PUTAS

“Entre dos curvas redentoras, la más prohibida de las frutas te espera hasta la aurora, la más señora de todas las putas, la más puta de todas las señoras. Con ese corazón, tan cinco estrellas, que, hasta el hijo de un Dios, una vez que la vio, se fue con ella, Y nunca le cobró la Magdalena”

Una canción para la Magdalena, Joaquín Sabina

Aunque se señala de origen incierto, la palabra “Puta” está dentro del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, que en la vigésimo primera edición dice así: Puta, prostituta, ramera, mujer pública. Y en su siguiente edición, se vuelve más preciso y dice simplemente: Prostituta. Posiblemente por evitar crear confusiones sobre la honorable reputación de mujeres dedicadas a la vida pública, que según mi texto de hoy, muchas estarán dentro de la definición, pero muchas otras no.

Me preocupo por escribir esta introducción, para que no se interprete como grotesco lo que simplemente quiero llamar por su nombre. Ya sabemos todos que el moralismo errante nos puede conducir a caminos oscuros en los que nos rasgamos las vestiduras frente lo que es obvio y humano.

Más allá de la definición de mi manoseado diccionario, qué es una puta. Una mujer que se vende, esa que se monta en unos tacones y se oferta, le pone precio a su cuerpo y a lo que se hace con él, para entrar a regularse por las leyes de intercambio del mercado, en el que quien tiene algo puede ofrecerlo, y quien lo quiere pagará por ello. La puta ofrece sexo a cambio de dinero o de algo material que lo represente. Entonces, ustedes me dirán, existen de todos los tipos de putas, las que por 30 mil pesos lo dan todo, y si se les ofrece el doble, se arriesgarán a no usar preservativo, hasta aquellas que se administran tan exhaustivamente como administrarían una empresa, y dejan algo para invertir en el mantenimiento del negocio, y una nueva prótesis de silicona les implica posicionarse mejor como se posiciona una marca de detergentes.

No estoy diciendo nada nuevo, todas se vuelven objeto de consumo, un producto que cuesta adquirirlo. Unas cobran miles en una esquina de un parque en el centro de la ciudad y otras se ofrecen en finos catálogos a cambio de millones. Unas para poder comer, para poder sobrevivir, otras para poder morirse poco a poco. Pero todas son putas de calle, que se acuestan con hombres a cambio de algo.

Sólo que además de las putas de calle, tan reconocidas a través de la historia, tan juzgadas y amadas, hay unas putas que quiero mencionar y son las putas de casa. Una mujer que se acuesta con un hombre para obtener algo, utiliza el mismo mecanismo de la puta de calle, aunque ese hombre sea su esposo.

Aquella mujer que no sale de casa, pero que se acuesta con un hombre, que es su pareja, para conseguir unas cortinas nuevas, el viaje a Miami que tanto quiere, o que le cambie el modelo del carro, entrará en la definición que amable y jocosamente he llamado “la puta de casa”

Cuando en mis primeros párrafos fui tan dura con las putas de calle, muchas mujeres estarían moviendo afirmativamente sus cabezas y cómo me estarán odiando cuando trágicamente se han encontrado con mi nueva definición. Para ellas, una nota aclaratoria, no pretendo ofenderlas, sólo quiero posibilitar una reflexión sobre la manera tan perversa como hemos convertido el sexo en objeto de intercambio, aún dentro de nuestras propias casas.

Es tan evidente lo que aquí digo, que ya lo hemos hecho parte de nuestro lenguaje coloquial: “Ahora no se lo doy”, “Si haces tal cosa, esta noche te lo doy”, “De malas, le suspendo los servicios”…, le suspendo los servicios, y pienso en la energía, el agua, el gas, el teléfono, que si no pago por ellos, el recibo me llega con la ilustración de unas tijeras, y si sigo sin pagar, aparecen en la puerta de mi casa unos hombres que me quitan los servicios. A menos que pague por ellos. Debo pagar por ellos.

Las putas de casa no tienen mala fama, no deterioran su reputación, no se arriesgan a ser golpeadas por un grupo de limpieza social, porque las putas de casa, se visten dignamente para comercializar dentro de sus casas aquello a lo que también le han puesto precio, y que para que su pareja tenga acceso, tendrá que pagar su cuota.

Es más o menos fácil saber si hemos sido putas de calle, la mayoría de las mujeres levantarían a piedras a María Magdalena si pudieran, pero cuántas de las que levantarían su mano para tirar la primera piedra, no son otra cosa que putas de casa.

Aún en la vigésimo tercera edición del diccionario no he encontrado una connotación positiva de la palabra “puta”. Me crea malestar ese ánimo acusatorio de decir que una mujer es puta por aquello o por lo otro, que a la final es un intento malintencionado de denigrarla, y ¿quiénes somos para el juicio? Pero saber que además de las putas de calle, existen las putas de casa, nos invita a cuestionarnos en silencio y a atrevernos a preguntar cuántas veces nos hemos vuelto un producto de intercambio.

lunes, 22 de enero de 2007

LA MUJER ENTRE LA EVA Y LA MARÍA


“Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomo de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”
Génesis 3, 6

La subjetividad femenina se construye a partir de relaciones con la sociedad, la cultura, la familia y la historia. Nos configuramos como mujeres de acuerdo a una constante conversación entre nuestro legado cultural, nuestro momento actual como sociedad y las expectativas que desde allí se generan. Somos mujeres de acuerdo a la crianza que hemos recibido y la inevitable historia de sometimiento que tenemos en la espalda.

El marco de la cultura Judea-hebreo-cristiana ha proporcionado insumos interesantes en los que se considera debe o no debe ser una mujer. Desde aquí vale la pena revisar dos importantes personajes en esta historia que responden a íconos polarizados de la subjetividad femenina.

El más importante es María, quien representa todo lo que se espera de una mujer dentro del imaginario de nuestra cultura. María, mujer abnegada, buena, prudente, fiel, la virgen. Y el segundo personaje, al parecer menos importante, Eva, mujer desobediente, mala, ambiciosa, pecadora, la puta.

La María, la madre. Eva, la hembra. La visión cristiana patriarcal condena la relación mujer-sexualidad, la teología cristiana medieval consideraba un pecado contra natura la posibilidad de que la mujer sintiera placer en sus relaciones sexuales y estas sólo podían justificarse por propósitos reproductivos, única y exclusivamente para tener hijos.

La mujer buena es imagen de la madre abnegada y virtuosa que sufre. Incluso en el Libro de Génesis, se descubre el castigo impuesto a Eva por su desobediencia que implica parir los hijos con dolor. De esta manera la representación social de la mujer lleva a cuestas un legado de sufrimientos relacionados con la condición de ser mujer: Los dolores del parto y los menstruales, y toda una carga de dolores asociados a sentimientos de culpa.

La María, la virgen, la madre. Eva, la puta, la hembra. Son dos polaridades que sin duda muestran un deber ser deseable en la configuración de cada subjetividad femenina. Una virtuosa, la otra sexual. También, sin duda alguna, le restan a cada subjetividad femenina la posibilidad de descubrirse a sí misma en su total complejidad.

En el trasfondo de esta dicotomía se gesta el sistema de contrarios aprendido como constitutivo de la identidad social femenina. Buena/mala, luz/oscuridad, respetable/prostituta, esposa/amante, virtud/pecado, vida/muerte.

Lo cierto es que pesar de todas las formas limitadas de comprensión de la realidad que se evidencian en rótulos, estereotipos y prejuicios, ser mujer hace parte de un sinnúmero de posibilidades, en el que bien podemos tener un poco de María y un poco de Eva, cada quien en la dosis que considere necesario, o en la que le corresponda. Incluso, no sólo de dos personajes tan polarizados, si no de muchos otros arquetipos válidos.

Sin duda alguna, en la historia de la humanidad, las mujeres que se han atrevido a formular otras representaciones menos virtuosas, pero menos reprimidas, han tenido que pagar el duro precio de la censura y la estigmatización. Sin embargo, siempre será un desafío que cada mujer podrá asumir en el intento por no negarse a sí misma.

miércoles, 10 de enero de 2007

REFLEXIONES SOBRE LAS MUJERES Y LA GUERRA

Sólo le pido a diosQue la guerra no me sea indiferenteEs un monstruo grande y pisa fuerteToda la pobre inocencia de la gente
León Gieco

El 11 de septiembre de 2001 las Torres Gemelas cayeron en el más escalofriante caos. Estaba frente al televisor cuando CNN presentó las primeras imágenes de lo que fue una desmedida catástrofe. Ese mismo día miles de niños y niñas murieron de hambre según reporte de la FAO. Así parece ser la guerra, hechos trágicos se visibilizan ocasionando un desgraciado dolor en la memoria y otros hechos igual de trágicos no se reportan y sólo le duelen a las víctimas directas.
Mi abuelo estuvo en la guerra de Corea y aunque muestra con orgullo sus viejas medallas, reconoce con firmeza que la guerra es un brutal absurdo. Nadie gana, dice.
Aunque la historia parece indicar una vez tras otra que la guerra sigue siendo inevitable, no es otra cosa que la más vívida muestra de las limitaciones de la humanidad para llegar a acuerdos y construir alternativas. La guerra, en palabras de la investigadora social Juanita Barreto, aparece como la legitimación de la apropiación o destrucción de los cuerpos de quienes combaten y de los cuerpos de quienes habitan los escenarios en los que se libran las batallas.
Una de las más crueles estrategias de guerra ha sido la apropiación simbólica del cuerpo de las mujeres de los enemigos o incluso de las mujeres de la población civil. Por tanto, nos vemos obligados a propiciar profundas reflexiones sobre el papel de la mujer en una sociedad vulnerada por la violencia, a generar la pregunta por las mujeres en la guerra.
La pureza y la castidad han sido consideradas un valor en la mujer. En la historia de la humanidad se ha insistido en la imagen de la mujer desprovista de sexo como una virtud. Una cultura patriarcal que desexualiza a las mujeres que considera propia, pero un sentido deseo por poseer a las mujeres ajenas. En las guerras, esta visión se traduce como la percepción de la sexualidad de la mujer como un trofeo para el ganador o como la deshonra más grande para el enemigo.
Así, históricamente, el cuerpo de la mujer no ha escapado de las atrocidades. Ya en los remotos relatos de La Iliada, las mujeres se citaban como premios entre mulos y caballos. El 8 de marzo de 1994, grupos feministas fomentaban una movilización para que el Tribunal Internacional creado por las Naciones Unidas juzgara crímenes cometidos en el territorio de la ex-Yugoslavia, alertando sobre la existencia de 45 campos en lo cuales las mujeres eran sistemáticamente torturadas, violadas y embarazadas. En 1936, en Nanking, en menos de un mes, veinte mil mujeres fueron violadas por soldados japoneses. En 1971, en Bangladesh, se reportaron más de doscientas mil violaciones a mujeres durante nueve meses de terror.
No podemos dejar de lado las mujeres judías que fueron esterilizadas en campos de concentración nazis, o los testimonios de mujeres violadas y torturadas a finales de los 70 durante la dictadura militar argentina.
El cuerpo de la mujer como objeto se concibe en la guerra como un ataque instrumental, en el que la violencia sexual aparece como una estrategia más contra el enemigo. Las torturas evidencian su simbolismo en actos aberrantes. Los estudios de la antropóloga Donny Meertens mencionan esta misma manifestación de la violencia en nuestro país, en el que se conocen actos como violaciones a las mujeres delante de los hombres de su familia o agresiones físicas particularmente a mujeres embarazadas, a quienes sus agresores ven únicamente como procreadoras del enemigo odiado.
La guerra no sólo se ha limitado a utilizar el cuerpo de la mujer como estrategia letal, sino que además las ha sometido al desplazamiento forzado y a condiciones extremas en las que vulneran todos sus derechos sexuales y reproductivos.
El 11 de Septiembre no es un documental del sarcástico Michael Moore, ni es sólo un motivo para llorar por las dolorosas e inesperadas muertes en Nueva York, ni sólo para recordar el desastre posterior sobre la población civil en Afganistán, ni el inicio del silencioso pánico cotidiano de las respuestas extremistas. Más que eso debe ser un día para reflexionar sobre la guerra, sobre lo que mi abuelo, un excombatiente de Corea ha nombrado como el más grande absurdo de la humanidad.