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domingo, 1 de marzo de 2009

LOS AMORES LÉSBICOS

“Encontraron sus labios suaves en un beso. Sus lenguas húmedas se tocaron y sus vientres se hicieron uno sólo. Sus senos se juntaron en un abrazo infinito, jadeante. El frenesí de sus pubis se silenciaba en una sonrisa cómplice. Una era, ahora, de la otra”
Las amantes, Francesca Brango.

La isla de Lesbos es la tercera isla más grande de Grecia y casi la mitad de su superficie está cubierta por olivos. Fue la tierra que vio nacer a Safo, la poetisa cuya obra alberga escenarios de amor entre mujeres y la inmensa pasión de las relaciones humanas. Los amores lésbicos, caracterizados por aquellas pasiones desatadas entre mujeres, llevan este nombre en honor a esta isla, albergando inimaginables mitos.
Lo lésbico ha estado condenado a una doble sentencia. Por un lado está atado a lo femenino, que ha sido sometido históricamente dentro de un patriarcado depredador, y por otro lado está atado a lo homosexual, que significa la ruptura con el patrón dominante de la heterosexualidad. Así, doblemente juzgado por el mismo crimen, lo lésbico implica ser mujer y ser homosexual.
Tristemente la única forma en la que se acepta la sexualidad entre dos mujeres, es que esté al servicio de los hombres. El sistema patriarcal ha encontrado más una fuente de divertimento en la homosexualidad femenina que una amenaza. Se controla la ruptura del orden ocultando “la falta” detrás del placer voyerista de algunos hombres.
Los amores lésbicos se han plasmado en la pornografía alimentando el ojo del macho, que fantasea con ser el dueño de la imagen erótica entre dos mujeres. Tal vez esta sea la transgresión más grande a lo lésbico, cuando se obliga a convertirse en símbolo sexual de una sociedad de consumo devoradora de imagen.
Las relaciones eróticas entre mujeres se vuelve portada de un CD recién lanzado con miles de copias piratas, se vuelve beso público de reinas del pop y se vuelve promoción de un cine rojo triple x que se exhibe en salas de una calle céntrica y sucia.
Se perdona lo lésbico cuando sirve a lo masculino, de lo contrario, su segunda opción de existencia es bajo la connotación de travesura previa al matrimonio. Como juego sexual de niñas inmaduras que se divierten con la falda de su compañerita de clase, que se besan bajo la mesa y que escriben un diario adolescente juntas mientras poco a poco de convierten en mujeres adultas y conservadoras, dejando atrás un episodio poco decoroso y pueril.
De esta manera, lo lésbico se tiñe de un acto desmesurado de los impulsos sexuales de mujeres traviesas y absurdas, rebeldes que requieren pronto unas nalgadas, que fuman sin permiso y desobedecen antes de empezar a hacerse aburridas madres de familia con tres hijos y un marido sordo, un curso de jardinería y toda su moralidad reflejada en un vestido color guayaba. Mujeres que olvidaron toda su irreverencia y prefirieron quemar las páginas de aquellos diarios sucios de pecados no confesados.
De esta forma, tampoco existe el mínimo respeto por los amores lésbicos, que sólo parecen incluirse en la lista de las posibilidades si son pornográficos o actos pueriles de una juventud desequilibrada que se deja atrás con el matrimonio.
Quizá lo lésbico ha sido históricamente menos condenado y despreciado que la homosexualidad masculina, pero sin embargo ha sido lanzado al bote del silencio y de la indiferencia. Se discrimina menos, pero se silencia más. Se desprecia menos, pero se invisibiliza más. Se padece menos, pero se ignora más.
Las mujeres homosexuales no son tenidas en cuenta en los programas de salud sexual y reproductiva, en los que con frecuencia se asume la existencia de una pareja masculina exclusivamente.
Invisibles, silenciosas, no se juzgan porque simplemente ni siquiera existen para el mismo ojo que las discrimina. No existen. Ni siquiera existen para ser juzgadas. Ni siquiera existen para ser lloradas. Ni siquiera existen para ser negadas. Salvo una que otra que haya sido quemada en alguna hoguera del patio de atrás de una casa.

EL AUTOEROTISMO DE UN MARIDO

Teresa es una mujer normal, como la que se sienta en el escritorio de al lado. Usa gafas para el sol, come pistachos y cocina recetas de una abuela muerta. Como quiera que sea, la vida personal de un ser humano puede ser tan compleja, que jamás ella misma cree ser una mujer normal. Uno jura que su drama humano lo inscribe en el mundo de lo especialmente único. Tal vez lo sea.
Pero Teresa, como muchas otras, es una mujer normal aunque se pase la vida pensando que todo lo malo le ocurre a ella y que cuanta calamidad sea posible de ocurrir, le pasa sólo a ella. De todas las situaciones que le acontecen y la hacen sentirse desgraciada, existe una que Teresa vive con particular padecimiento: Su marido se masturba.
En ocasiones ella se queda dormida en las noches y la despierta un sutil movimiento en su cama matrimonial. Abre los ojos y encuentra a su hombre haciendo lo suyo. Allí, a su lado, como un villano frenético esperando la última luz para transgredir el orden bajo las mismas sábanas que comparte con su cónyuge.
Una tarde, después de regresar del softbol, se quedó frente al televisor hasta muy entrada la noche, tomando cervezas con el control remoto en la mano. Teresa lo sorprendió masturbándose. Al principio parecía avergonzado. Últimamente no habla del tema.
Con frecuencia tienen relaciones sexuales atrevidas. Incluso ella ha pensado que son la pareja perfecta. Sin embargo, un aguacero de quejas y reclamos han empezado a nublar aquel romance y una ráfaga helada empieza a rodear la relación. Teresa no soporta que su hombre de vez en cuando desee masturbarse. Cuando esto ocurre, se siente despreciada, como si él prefiriera su propia mano masculina que el cuerpo femenino que está dispuesto a acompañarlo.
Por masturbarse, Teresa lo ha llevado al psicólogo, quien se ha ganado un montoncito de dinero a costa de los desentendimientos entre los dos y la intrusa mano de un marido culposo. En la tercera sesión terapéutica, el psicólogo y su marido se habían empezado a hacer amigos y a Teresa no le dio confianza.
También lo consultó con el párroco de la Iglesia, que resultó tan liberal que le dijo a Teresa, palabras más, palabras menos, que buscara oficio. Pero si el párroco no lo condenó a una oratoria infinita de Padres Nuestros y Aves María, Teresa lo ha condenado a la culpa de sentirse un pésimo amante, un pecador, un hombre insaciable, un enfermo desquiciado y un sádico humillante de la feminidad de una mujer joven, abnegada y deseada.
Lo que Teresa no comprende es que el pene de su marido le pertenece a él, y como si fuera poco la mano que lo masturba también. Lo que Teresa no comprende es que sobre todo, aunque ella está casada con él, la sexualidad de él le pertenece a él. El matrimonio no es la compra de unos kilos de carne. El matrimonio no es el certificado de propiedad sobre las fantasías eróticas de otro ser humano, de su desarrollo sexual y de su intimidad.
Lo que Teresa no comprende es que la masturbación no es un derecho consagrado a la conducta adolescente, la masturbación es la posibilidad de encontrarse con el propio cuerpo en algo que se llama autoerotismo. A pesar de que la masturbación con frecuencia se presenta como una conducta auto exploratoria de la pubertad, puede darse a lo largo de la vida como parte del encuentro del cuerpo con el propio cuerpo y como propuesta de auto reconocimiento.
El autoerotismo es la posibilidad que todos los seres humanos tenemos de sentir placer en el propio reconocimiento de nuestra sexualidad. El sagrado derecho que tanto hombres como mujeres tenemos a tocarnos y acariciarnos.
Teresa, ha perdido tiempo culpando a su esposo, sin saber que antes de precisar la existencia de un problema, lo que tenía era la oportunidad de un encuentro distinto, de ser ella la portada de la revista que lo erotizaba, de ser la compañera clandestina, la cómplice en el juego sexual o simplemente la bella durmiente que respeta un espacio privado con él mismo.
La masturbación no es necesariamente el enemigo de la sexualidad de una pareja. No significa ineludiblemente la distancia entre dos personas. Incluso, de vez en cuando, puede ser la perfecta excusa de un juego sexual que nos acerca, que nos divierte y que nos acaricia de mil maneras. Tal vez un día Teresa aprenda a ser una mujer normal que puede deleitarse con la imagen de su marido bajo las sábanas.

martes, 19 de agosto de 2008

MARCAS DE PASIÓN O CONTROL

“-No, no soy Dios, pero sí lo conozco.
-¿Cómo es él? —le pregunto.
Y él me responde:
-Es así.
Y me da su tamaño, su peso, sus medidas”

Fragmento de Un agujero, de Héctor Rojas Herazo.

Cuando Rosa está celosa no encuentra qué hacer. .., del desespero empieza a morder. Pobre Rosa, desgastando sus labios y sus dientes marcando al ganado con el que duerme cada noche. Ella como muchos otros seres humanos cree que las relaciones de pareja son una manera de comprar un terrenito, se compra la piel del otro, medida y pesada como en un cuento de Héctor Rojas Herazo. Así, esa piel poseída, se transforma en cuerpo marcado que carga un mensaje, el mensaje de la escritura pública que anuncia la posesión.
Uñas, dientes, labios que succionan, garras que se entierran, escritos en el cuerpo que anuncian en una valla grande: Propiedad privada, este terreno no se vende, ni se alquila, ni se permuta. Los perros orinan a los postes marcando la misma territorialidad que los seres humanos marcamos sobre la piel que consideramos nuestra.
Versiones capitalistas del amor, manifestaciones posesivas en las que todo lo que hace parte del patrimonio materialista, tarde o temprano, también es susceptible de tener precio. Cuando el cuerpo se posee como cosa material, el cuerpo se desprende de su propia subjetividad y se convierte en un pedazo de carne con tripas y huesos, algo que cabe en una bolsa del mercado y en una caja de tomates.
Dejamos de ser sujetos para convertirnos en objetos, en cosas que andan por allí, y nuestra alma pasa a ser un contenido preso en el terreno de otro y las relaciones empiezan a ser nuestras cárceles.
Sin embargos existen otras formas de relacionarse con el cuerpo del otro, en el que las marcas no son otra cosa que recuerdos, huellas fantásticas de los caminos recorridos por la intensidad de cada caricia. Todo rastro que dejamos en el cuerpo del otro, sólo debe ser el rastro de nuestra cercanía, de aquella proximidad alucinante en la que deseamos tanto al otro que lo queremos hacer parte de nuestro propio cuerpo sin dejar de ser nosotros lo que somos y sin robarle la esencia a ese otro.
Así, cada marca se vuelve recuerdo de aquel momento en el que fuimos uno solo en el mismo abrazo para luego, cuando nos soltamos, nos hacemos cada uno más sí mismo. Un abrazo en el que no perdimos nada, un abrazo del que al separarlo nos quedamos serenos, reconociéndonos juntos, reconociéndonos separados.
Los rastros del deseo no deben confundirse con la pata que levanta un perro al orinar el viejo hidrante. Sería un caso de suplantación, en el que se confunde un amante con un carcelero, con un dueño, con un amo, con un perro, con un propietario.
El sentido de la escritura sobre el cuerpo del amante depende del mensaje, del fin, de la pretensión, de la intencionalidad y de las razones que tenemos, así los grafemas parezcan los mismos labios, hay marcas que son de infinito deseo y otras simplemente de egoísta posesión.
Qué es lo que quiere de mi cuerpo. Qué mensaje escribe en él. Me muerde como una manzana cuando arde del deseo o sólo ejerce el derecho del poseedor. Qué es lo que dejo en su cuerpo. Son las ganas de amarlo o de dominarlo. Una delgada línea de cuestionamientos se traza entre los cuerpos que son amados con pasión y aquellos sobre los que se impone control.

lunes, 4 de agosto de 2008

LA CEGUERA BESANTE QUE APRENDIMOS

Para aquel que siempre es una luz en mis tinieblas.

Cuando era niña me sentaba frente al televisor a ver novelas. Casi todas eran mexicanas. A mi abuela le gustaban tanto que alquilaba videos de varios capítulos de una misma novela y en las noches, con un vaso de avena fría que ella misma preparaba, hacía un maratón de Los ricos también lloran, La Fierecita, La esclava Isaura y Bianca Vidal.
Me sentaba a su lado, a pesar de que mi padre estaba convencido de que ver novelas a mi edad podía embrutecerme. Ahora pienso como él. Es posible que mi porcentaje de embrutecimiento se explique por aquellas noches a media luz, con mi abuela en la mecedora de al lado y con el reflejo centelleante de la imagen del televisor que presentaba circunstancias que a mi corta edad no lograba comprender.
Allí aprendí a besar. Recibí ilustraciones protagonizadas por personajes que creía conocer realmente. Las malas, esos personajes antagónicos de las novelas, eran bellas, pérfidas y sobre todo brillantes. Las buenas, eran tontas, aburridas y lloronas. Los besos de las buenas y las malas tenían algo en común, todas besaban con los ojos cerrados.
Muchas mujeres de mi generación recibieron sus primeras clases de besos sentadas frente al televisor, suspirando por amores que parecían propios. Ahora creo que son las novelas las causantes de nuestra ceguera besante, esa negación a verle la cara de placer al prójimo cuando lo tenemos pegado a la boca.
Se supone que cerramos los ojos para concentrarnos más en lo que justamente se siente en la boca y no es una mala idea, pero la verdadera fatalidad es que creamos inconcebibles acercamientos con los ojos abiertos. En el sexo nos privamos con frecuencia de infinitos estímulos visuales que lastimeramente pasan frente a nuestros ojos cerrados.
La sexualidad está aún muy teñida de culpas católicas y no ver es la elección propia del camino de la vergüenza. Los hombres, menos culpabilizados, se atreven a descubrir la imagen erótica de la pareja, pero las mujeres nos negamos con frecuencia a descubrir al otro y a descubrirnos a nosotras mismas. Somos una especie de avestruz sexual, creyendo que si cerramos los ojos nada estaría pasando.
Detrás del pudor ciego de la sexualidad, a la final lo que se siente es miedo de quedar atrapados entre la mirada que nos devora y nuestros propios deseos. La mojigatería invidente es de tal tamaño, que muchas personas cierran los ojos desde el cortejo sexual y no los vuelven a abrir hasta que todo se ha acabado. Es una tristeza, pero muchos ni siquiera sospechan cómo es la cara de su pareja cuando llega al orgasmo, ni cómo sus labios entre abiertos forman ángulos perfectos cuando se encuentran en exquisito deleite por nosotros mismos.
La claridad y la oscuridad son opciones maravillosas para darle grados de luminosidad al amor, pero apagar la luz es una estrategia infame cuando tiene como pretensión aumentar nuestra ceguera, la negación de nuestro propio cuerpo y la negación de otro. Una cosa es jugar a encontrar nuestra piel en medio de una espesa oscuridad y otra distinta es huir del encuentro en medio del pretexto de las tinieblas.
Cuando el sexo usa los ojos descubre infinitas posibilidades que alimentan nuestros sentidos y lo que vemos se vuelve música que se atrapa por los ojos, descubrir la generoso paisaje del pecho que nos abraza, la locura de sus ojos agónicos y cada giro que dibuja la forma de su cuerpo, se suma a un éxtasis fantástico en el que la realidad que tenemos al frente supera cualquier ceguera imaginable. Ver o no ver, ese también es el dilema. Si cerramos los ojos lo imaginamos, si los abrimos allí estaremos, entregados, desnudos y hallados.
Culpo todas esas novelas de los años 80, las culpo a todas. Infames, nos educaron en la represión del voyerismo de nuestra propia intimidad. En algún lugar leí que la rana es el único animal que cierra los ojos cuando traga para no ver lo que se come, lo que me parece un acto de irresponsabilidad y poca cortesía de su parte. Podemos atrevernos a abrir los ojos, pero con el corazón entre las manos, porque de cualquier manera como en Ensayo sobre la ceguera de Saramago, es macabro ser vidente en un mundo de tantos ciegos.

miércoles, 16 de julio de 2008

LA DESNUDEZ DEL VESTIDO


“…una mujer extendida a su lado, la cabeza apoyada en su regazo, los ojos cerrados, los brazos escondidos en el amplio vestido rojo que se extendía alrededor, como una llama, sobre la estera color ceniza”
Fragmento de Seda, de Alessandro Baricco


Cada mañana lo mismo. Qué me pongo. Todo depende de para dónde voy. De cómo me siento. De quién me verá. La decisión del qué me pongo puede ser absolutamente complicada para algunos. Pantalón o falda. Corta o larga. Hasta la ropa interior resulta compleja.
María ha empezado a salir con su profesor de fisiología. Le gusta. Han ido a almorzar tacos, han ido al cine. Ahora él la ha invitado a cenar a su apartamento. Vive solo. Ella quiere ir, pero piensa que es demasiado pronto para acostarse con él. Quiere sólo besos contundentes y caricias. Se imagina revolcándose en el sofá de su profesor. Pero María dice que “no quiere dárselo”. Comete el error de muchas mujeres que creemos que en el sexo entregamos algo, pero en el sentido más estricto somos receptoras.
Quiere ir, pero se ha inventado un mecanismo de control. Como a María le importa excesivamente el qué dirán, sabe que jamás dejaría verse de un hombre si no está “presentable”. Ha decido ponerse sus calzones rotos. Son de florecitas. De un algodón que con el paso del tiempo ha empezado a exhibir unas transparencias en aquellas zonas en las que seguramente se ha restregado durante el lavado. Los elásticos se han empezado a aflojar y de algunos salen unos hilos desflecados, de esos que si uno jala no sabe cuándo va a terminar, ni dónde. Son grandes, imperfectos y sobre todo están rotos. Ventilan en la parte de adelante, en un huequito en el que se asoma tímidamente el vello púbico de María. Ella ha sido clara en su decisión de portarlos esa noche, los calzones rotos tienen un objetivo en su vida: Limitar cualquier fragilidad en la carne de María. Ser el obstáculo perfecto que evitará que ella se deje llevar por sus pasiones y termine haciendo el amor precozmente con su profesor de fisiología.
María ha sido enfática y ayuda su estrategia dejando sus piernas sin depilar. Se pone unos pantalones justos y se presenta en el apartamento del hombre. Un par de días después María confiesa su hazaña. Todo estaba controlado, hasta que se dejó llevar por la excitación y simplemente olvido sus calzones rotos. La fragilidad de su carne joven fue mayor y quedó expuesta a la vergüenza de aquellos inolvidables calzones rotos de florecitas.
Quisiera decir que esta historia termino mejor, que ahora están casados y tienen dos hijos, y que en las reuniones con sus amistades cuentan aquella anécdota. Pero no ocurrió. Tal vez él la ha olvidado y ella sólo lo recuerde por la vergüenza que sintió. Por retaliación configuró una burla sobre el tamaño de los testículos del profesor, pero en el fondo de su alma sólo quería estar a mano.
La ropa es sexo también. Siempre es prenda al servicio del erotismo y toma la connotación de fetiche. La desnudez es la exposición del cuerpo, tan violento, tan vulnerable. La ropa, sin embargo, obedece a mecanismos de seducción más elaborados. La transparencia seduce. Seduce ver desvestir, quitar una prenda tras otra como camino al encuentro visual con la piel. La ropa interior seduce, es la máscara de la genitalidad, el antifaz que oculta la culpa del deseo.
Las prendas tienen su propio espíritu, se impregnan de quién las viste. Se roban el olor de la piel. En una tienda de ropa para hombre, las camisas están allí esperando, tan parecidas a la espalda de aquel que las llevará. Están allí todos, colgados en un gancho. Tan serios los de manga larga. Tan atrevidos algunos. Son pedazos de esencias de hombres como un pinocho de madera que sólo espera un soplo de vida. Pero ligeramente, desde que las crean, sutilmente empiezan a tener carácter.
La ropa no es nada, son trapos. Trapos sobre trapos todos cosidos. La gente mata animales, los caza y los destripa para hacerlos zapatos o abrigos. La aventura insospechada de la ruta de la seda, dejaba expuesto el poder cautivador de una textura. Cruzar medio planeta sólo por seda. Trapos sobre trapos, todos finalmente elementos de seducción. Antes de quitarse la ropa, es mejor pensarlo dos veces. El desnudo es indiscutiblemente bello, pero la ropa es el juego erótico de lo imaginable, de lo posible. Una mujer se mueve diferente cuando lleva un pequeño interior de encaje rojo, aunque sólo ella sepa que lo lleva puesto. Determinamos nuestra ropa, pero también lo que usamos nos determina y nos seduce primero a nosotros mismos y después a los otros. En ocasiones, no hay mayor desnudo que seguir vestidos.

jueves, 21 de febrero de 2008

MÁS QUE DESNUDOS



“Tengo un terciopelo azul para ti,
tengo una imagen de una mujer que no soy,
de una mujer en la que me transformo sólo cuando estamos juntos”
Francesca Brango

A pesar de que la moda ha sido tildada por una connotación de frivolidad, en realidad es una de las muestras más contundentes de los cambios históricos y culturales de la humanidad. Las diversas formas de expresarse a través del vestuario, también han llegado al terreno de lo erótico y han vestido el desnudo de lo pornográfico.

En un mercado de la fantasía sexual se ofertan desde ropa interior comestible saborizada hasta una prenda para mujer que se inspira en una camisa de fuerza propia de un manicomio. Vestidos de atrevidas enfermeras, de desinhibidas colegialas, de miembro de la fuerza pública con tendencias sádicas, son todo un abanico de posibilidades en el que la ropa es el juguete sexual.

Sin embargo más allá de lo que ofrece el comercio, los cuerpos adquieren un sentido de moda para la intimidad. El vestuario ha caracterizado fotografías memorables que se constituyen modelos por lo que representan en la conciencia colectiva, y ha estado alimentado por las texturas, por la seda, por el encaje, por colores como el rojo y el negro, la postura, la insinuación carnosa de los labios, por las plumas, por las mallas en las piernas, por el liguero, los altos tacones, el terciopelo, todas, prendas que parecen conocer por sí solas el principio del placer.

El cine lo ha ilustrado en aquellas Inolvidables escenas de Sharon Stone, en la película Bajos instintos, con un cruce de piernas que dejaba ver un poco más allá de lo esperado, pero menos que lo deseado; o la inmortal escena de Marilyn Monroe con su falda al viento en "The Seven Year Itch". Cada elemento que acompaña a estas mujeres, desde el efecto de la luz hasta la expresión de los ojos, más que ser simples detalles, se conforman en un conjunto de representaciones simbólicas.

La moda en lo sexual, permite el juego de la transformación, de la reelaboración del cuerpo. El cuerpo no sólo es, el cuerpo también se construye y se reconstruye, asume formas, asume el desafío de representarnos. En lo sexual, los modelos, responden a la exigencia de multiplicar el cuerpo de la persona amada en diversas fotografías y esta transformación tiene lugar, justamente, en el juego erótico de la pareja. Es en ese maravilloso espacio de intimidad en la que somos capaces de construir todas esas imágenes, en las que nos volvemos muchas mujeres a la vez, muchos hombres a la vez, en la que somos personajes de otros tiempos.

En la plenitud de esta elaboración, el hombre que amamos es él y es todos los hombres a la vez, y podemos ser todas las mujeres posibles. Por eso dentro del juego erótico se intercambian las ropas, se adornan con lencería que simula pieles de felinos salvajes, se usan vendajes en los ojos, se atan…, por eso, no siempre la desnudez es la mejor alternativa, por eso, de manera deliberada, buscamos prendas que nos recrean, que nos simulan…, el uso de un antifaz, de un corsé, que nos permiten tener muchos nombres en nuestra intimidad.

Todo esto es posible en la medida que somos capaces de construir una relación que nos permita ser libres para ser nosotros mismos, una relación con aceptación, con la libertad de ser justo lo que somos, en la que no sea necesario reprimirnos, en las que el respeto y la libertad primen, en la que no sea necesario negarnos a nosotros mismos, sólo de esta manera podemos atrevernos a construir una sexualidad capaz de recrearnos, porque no podemos asumir otras construcciones y disfrutarlas, ni siquiera dentro del juego sexual, cuando no somos capaces de asumirnos a nosotros mismos dentro de la relación de pareja.

En ocasiones los prejuicios no nos permiten vivir experiencias desinhibidas, porque nuestros conceptos significan nuestra propia celda en la que se marcan los límites de lo probable. También, los prejuicios son una verdadera cárcel, cuando creemos que para ser felices sexualmente debemos cumplir con estereotipos creados por otros. La medida justa está en la entrega mutua, que nos lleva un poco más allá de nuestros prejuicios moralistas y un poco más acá de representaciones predecibles de la sociedad de consumo. Sólo si nuestras cercanías son auténticas, podremos ser lo que somos en realidad y darle paso a aquello que somos también en la fantasía.

domingo, 3 de febrero de 2008

JUGANDO EN SERIO

Por nuestros juegos,
por las velas, por la risa,
por el canto.

Cuando en el motor de búsqueda de Internet intento indagar sobre “juegos sexuales”, la pantalla arroja 139.000 resultados. Los contenidos de cada página resultan similares y con frecuencia repiten técnicas de juego, algo así como un listado de buenas ideas para aprender a jugar.

Uno de estos sitios web anuncia: “…te damos un par de ideas para que pongas en practica y condimentes un poco los aspectos de tu vida sexual, renuévate, experimenta y disfruta con cualquiera de estos Juegos Sexuales”, en otro espacio me llamó la atención: “Las puertas del placer no se abren de repente”, me pregunté a qué puertas se refería, pero la propuesta indicaba que los juegos sexuales eran la llave para abrirlas. Más adelante leí: “Personalidades sexuales para darle variedad a la vida sexual”, y animaban a los lectores a usar disfraces.

Entre los hallazgos de las listas de juegos sexuales, hay uno que pondré a consideración: “Comerte un yogurt con tu pareja puede convertirse en todo un placer. Retira muy lentamente la tapa, mientras recuerdas a tu pareja que no tienes cuchara para comerte el yogurt, desnúdala, y utiliza su cuerpo como receptor de pequeñas cantidades de yogurt que irás comiéndote poco a poco” Intento imaginarlo todo y por supuesto uno se puede preguntar cosas concretas como ¿Qué tipo de yogurt debemos usar? ¿Con Bacilos Búlgaros? ¿Con dulce? ¿Y si llegan hormigas? ¿Y si la pareja tiene una intolerancia a la lactosa? Francamente no sé porqué yogurt. Siempre recuerdo mis clases en primaria en las que me enseñaban que el yogurt viene de la vaca, hasta el momento no es una sustancia que encuentro del todo erótica. Su olor tiene cierta acidez de la leche vieja, aroma con la que realmente me cuesta asociar un orgasmo.

Lo interesante es que el tema de los juegos sexuales puede ser tan estereotipado como patético, en la formulación de técnicas para saber jugar, podemos perdernos de lo que es realmente erótico, con el afán de seguir un guión que no es nuestro.

Cuando decimos “No estoy jugando, es en serio”, ponemos en escena la creencia existente de que el juego es lo opuesto a la seriedad. Pensamos que si queremos demostrar que una relación es comprometida y seria, no es una relación en la que se juega y mucho menos en el terreno de lo sexual. Sin embargo, en ocasiones, nada es más serio que un juego y atrevernos a jugar en pareja es una forma de comprometernos más con el otro.

Para los juegos sexuales no hay que seguir libretos en los que se indica como usar un vaso de yogurt, o como vestirse de colegiala, o como cubrirle los ojos a la pareja, mientras se le lleva a la boca pedacitos del mercado, una escena que en la película “Nueve semanas y media” se reveló toda. Para jugar hay que entender el juego como una posibilidad de lo erótico y tener la disposición para adentrarse a un mundo de la sensualidad, en el que la diversión y el amor van de la mano.

La lectura del propio cuerpo y la lectura del cuerpo del otro, será la carta de navegación para saber hasta dónde llegar. El juego debe dar lugar para lo fantástico, para lo impredecible, para cruzar los límites de lo cotidiano. Los juegos eróticos se atreven a bajarse de la cama, a buscar rincones insospechados y a recrear personajes que no somos.

En las tiendas especializadas podemos encontrar una larga lista de juguetes sexuales, extraños artefactos hacen parte de toda una industria que nos sugiere distintos caminos para explorar el placer. Sin embargo para jugar no se necesitan juguetes, y el uso de los juguetes no implica necesariamente que exista un juego. Para jugar se requiere la confianza, se requiere desinhibirse y dejar la inseguridad de nuestra sexualidad a un lado, para dejarse caer en los ojos de quien nos ama. Sólo así, los juguetes sexuales cobrarán algún sentido, pues son ayudas para la fantasía, pero sólo nosotros somos los que podemos imaginarla y hacerla posible en nuestra piel.

Un juguete sexual sólo es erótico cuando alguien es capaz de descubrir su propio erotismo a través de él. Si lo descubrimos en unos sorbos de yogurt estará bien, pero lo importante es saber que el juego lo inventamos nosotros mismos y nos reinventamos a nosotros mismos cuando jugamos. La próxima vez que nos pregunten si es jugando o es en serio, puede que jugando sea la mejor opción.

lunes, 5 de noviembre de 2007

PARA LAS MENTES DE CORTO ÁNIMO


Una brisa suave y fresca entra por mi ventana como anunciando que el año está llegando a su final, que hace poco era enero y padecíamos la resaca de las celebraciones, y en menos de lo que sospechamos pasó con todos sus meses juntos, como abrazados.

Llevo más de tres años escribiendo cada semana esta columna, Manuel Lozano era quien coordinaba Revista Viernes en aquel entonces, y pienso que cualquier frase que tenga la expresión “aquel entonces” nos dice que alguien o algo se está volviendo viejo. Espero que sea Manuel Lozano. No siento que sea yo.

Empecé a escribir desde la desconfianza y la ignorancia. Desconfiaba de la libertad que gozaría para escribir lo largo y lo ancho de un tema tan controvertido como la sexualidad. Sin embargo, debo decirlo, el periódico no le ha quitado jamás ni una sola letra a alguna de las entregas que he realizado. La desconfianza se me quitó pronto. Escribir o hablar de un tema como la sexualidad, por más uso de la estética o de la lúdica que se haga, siempre debe estar enmarcado dentro de los derechos sexuales y reproductivos como parte vital de los derechos humanos, ese es el soporte técnico y conceptual que cada escrito sobre sexualidad debe tener.

La ignorancia es algo que ahora agradezco, si no hubiese sido por ella, nunca hubiese aceptado empezar a escribir. Al principio no era conciente de todas las personas que me leerían y eso me hizo atreverme. Un par de años más tarde, un periodista amigo me hizo la cuenta de cuántas personas podían estar leyéndome, ya era tarde para sentir pánico escénico.

He revisado algunos otros medios y es frecuente que las mujeres sean las que se toman la palabra para hablar de temas como la sexualidad, pisoteadas por años, las mujeres no éramos capaces ni de desear un orgasmo en voz alta. Ahora, son mujeres las que se aferran a la pluma para escribir palabras sexuales.

Creo que el silencio ancestral ha permitido que ahora las mujeres tengamos mucho por decir. Creo que hemos escuchado mucho, callamos y escuchamos, y ahora que somos capaces de hablar las palabras se atragantan en nuestras gargantas, mucho por preguntar, mucho por cuestionar.

Algunas mentes de corto ánimo, sin embargo, se confunden. Veo transformarse la mirada de algunos hombres cuando me conocen y saben que soy yo, la misma mujer que se atreve a hablar de sexo anal, la misma que escribe sobre el orgasmo y sobre la posición del misionero. Mujeres prejuiciosas y hombres lujuriosos, a ellos les dedico esta columna de hoy con una información de paso:

Para escribir sobre sexualidad no se necesita una recorrida experiencia sexual, lo que se necesita es la franqueza para usar las palabras que nadie quiere nombrar, para hablar de los miedos de muchos y las pasiones de todos. Escribir sobre sexo no es directamente proporcional a buscar sexo. En ocasiones, cuando más fluyen las palabras es cuando más tranquilo se está con respecto a nuestras propias búsquedas. No se equivoquen, una mujer que escribe sobre sexo no está buscando un hombre, guarden sus ideas morbosas, fantasiosas y lujuriosas para sus poluciones nocturnas.

Mientras más se reflexiona sobre sexualidad, la vida sexual se hace un poco más selectiva. Lo sexual no está únicamente en el encuentro con otro ser humano, existe una dimensión que lo precede, lo sexual se gesta dentro de nosotros mismos. Antes de salir como animales en celo, debemos indagar en nuestras propias razones, porque es imposible adherirse al alma ajena, cuando se desconoce la propia.

Ser mujer y escribir sobre sexo en una cultura como la nuestra, equivale a enfrentar la hostilidad de una falsa imagen. A esas mentes de corto ánimo les diré, a veces no hay mayor erotismo que el que se puede sentir cuando veo el color verde brillante de las hojas del palo de caucho que se posa majestuoso frente a mi ventana, el sonido de las gotas de lluvia cayendo sobre él, mojado, victorioso, acompañando cada texto que he escrito. Si hay algo sexual en mi vida personal que acompañe cada palabra que escribo, son momentos como estos, con la suave brisa de un aguacero que no se detiene y la pregunta sobre el paradero de los periquitos que frecuentemente danzan en cada rama.

La sexualidad no solo se vive en la cama, la sexualidad se vive en cada momento erótico de la existencia humana, del palo de caucho mojado por este domingo, del agua corriendo por mi calle, de un tímido pedacito de patilla que estoy saboreando y del recuerdo de la sonora risa de aquel que amo. Lo demás sólo se gesta en cada cabeza, y cada cabeza es un mundo de posibilidades.


miércoles, 17 de octubre de 2007

LA PALABRA Y EL SEXO


Para aquel hombre que cuando habla no necesita tocar.

Recuerdo siempre a una simpática amiga -por obvias razones su nombre mantendré en reserva- que se quejaba porque su novio no hablaba mientras hacían el amor. Ella explicaba que él se limitaba a hacer unos ligeros ruidillos, guturales algunos, inocentes todos. Muy ofuscada por esta situación, decidió pedirle que intentara hablarle al oído, él accedió. Unos días después, bastante desesperada, le pidió que se callara. Él hombre volvió a guardar silencio y ella recién, se casó con otro.

Si hay algo absolutamente sin sentido es tratar de seguir un libreto cuando hacemos el amor. La sexualidad tiene tanta influencia por la sociedad de consumo, que en ocasiones es difícil saber qué debemos esperar de nosotros mismos. Una mujer me contó que estuvo con un hombre que le decía palabras que copiaba del cine, expresiones como “Oh, yeah, sí, esa es mi chica”, lo hacían parecer como poseído por un mal doblaje al español. Ella no pudo contener la risa y después de esa noche ninguno quiso saber nada del otro.

Lo que las mujeres y los hombres decimos en medio de la naturalidad de una relación sexual debe ser tan auténtico como es cada ser humano sobre la tierra. No tiene que parecerse a lo que antes alguien haya dicho, no existen guiones, no hay un libreto para los amantes. Aquella vieja amiga odiaba los sonidos que emitía su pareja y él por complacerla, empezó a decir palabras que jamás diría, frases que no sentía, lo que resultó ser un verdadero fiasco para los dos.

De lo obsceno hasta lo romántico, la palabra es capaz de recorrer cada una de nuestras emociones y cada uno de nuestros sentimientos, la palabra enseña lo que quiere, inventa y vuelve luz a la oscuridad. Se compromete, se transforma en verso y promesa. La palabra erótica reconoce los silencios con reverencia y se atreve a romperlos sólo cuando su musicalidad es mejor que ellos, sólo cuando la voz que susurra acaricia más que la boca que calla y besa.

El pueblo Dogón de África occidental, cree en el poder de la palabra para crear niños y niñas. Aseguran que cada vez que un hombre pronuncia una palabra al oído de una mujer aumenta la fertilidad de esta. Para fecundar el óvulo, para que ocurra la magia, un hombre debe susurrarle las antiguas historias de los antepasados, así, las palabras son capaces de formar el germen celestial de agua, que envuelve el útero para recibir la semilla del hombre.

La palabra se vuelve caricia y es capaz de excitar más allá de las posibilidades de nuestros propios genitales. Abre el camino que, como para el pueblo Dogón, nos guía a la entrega más profunda. Es entonces, cuando la palabra se hace sexo que vibra, gemido, voz que perturba, cuando solicita y no reclama, cuando en ilimitados fonemas se busca en un rincón de nuestras bocas y atraviesa un beso para poder clavarse en nuestra carne.

En medio del acto sexual podemos decir lo que se nos ocurra. Podemos pasar de lo grotesco y vulgar hasta lo dulce y tierno, todo lo que estimule eróticamente nuestros sentidos funcionará, lo sucio, lo mojigato, lo atrevido, lo amoroso..., lo único realmente importante es decir lo que se siente, ni más ni menos. Una palabra no sentida nos llevará al peor de los ridículos, ese en el que nos convertimos cuando no somos nosotros mismos.

Ni mi amiga, ni el hombre que hablaba como doblado al español, sabían que la palabra se vuelve caricia sexual cuando sale del lado íntimo de nuestra alma. Cuando no se parece a nada que se haya dicho antes, cuando reta al silencio porque sabe que es más sensual que el silbido del viento, cuando se arroja y se entrega, cuando se retuerce primero en los deseos de nuestro amante para recoger cada temblor de nuestras manos con la absoluta confianza de saber que dos personas están en el lugar que nadie ha estado, que estamos sólo donde podemos estar cuando los dos estamos abrazados…, uno en los brazos del otro.