Recuerdo siempre a una simpática amiga -por obvias razones su nombre mantendré en reserva- que se quejaba porque su novio no hablaba mientras hacían el amor. Ella explicaba que él se limitaba a hacer unos ligeros ruidillos, guturales algunos, inocentes todos. Muy ofuscada por esta situación, decidió pedirle que intentara hablarle al oído, él accedió. Unos días después, bastante desesperada, le pidió que se callara. Él hombre volvió a guardar silencio y ella recién, se casó con otro.
Si hay algo absolutamente sin sentido es tratar de seguir un libreto cuando hacemos el amor. La sexualidad tiene tanta influencia por la sociedad de consumo, que en ocasiones es difícil saber qué debemos esperar de nosotros mismos. Una mujer me contó que estuvo con un hombre que le decía palabras que copiaba del cine, expresiones como “Oh, yeah, sí, esa es mi chica”, lo hacían parecer como poseído por un mal doblaje al español. Ella no pudo contener la risa y después de esa noche ninguno quiso saber nada del otro.
Lo que las mujeres y los hombres decimos en medio de la naturalidad de una relación sexual debe ser tan auténtico como es cada ser humano sobre la tierra. No tiene que parecerse a lo que antes alguien haya dicho, no existen guiones, no hay un libreto para los amantes. Aquella vieja amiga odiaba los sonidos que emitía su pareja y él por complacerla, empezó a decir palabras que jamás diría, frases que no sentía, lo que resultó ser un verdadero fiasco para los dos.
De lo obsceno hasta lo romántico, la palabra es capaz de recorrer cada una de nuestras emociones y cada uno de nuestros sentimientos, la palabra enseña lo que quiere, inventa y vuelve luz a la oscuridad. Se compromete, se transforma en verso y promesa. La palabra erótica reconoce los silencios con reverencia y se atreve a romperlos sólo cuando su musicalidad es mejor que ellos, sólo cuando la voz que susurra acaricia más que la boca que calla y besa.
El pueblo Dogón de África occidental, cree en el poder de la palabra para crear niños y niñas. Aseguran que cada vez que un hombre pronuncia una palabra al oído de una mujer aumenta la fertilidad de esta. Para fecundar el óvulo, para que ocurra la magia, un hombre debe susurrarle las antiguas historias de los antepasados, así, las palabras son capaces de formar el germen celestial de agua, que envuelve el útero para recibir la semilla del hombre.
La palabra se vuelve caricia y es capaz de excitar más allá de las posibilidades de nuestros propios genitales. Abre el camino que, como para el pueblo Dogón, nos guía a la entrega más profunda. Es entonces, cuando la palabra se hace sexo que vibra, gemido, voz que perturba, cuando solicita y no reclama, cuando en ilimitados fonemas se busca en un rincón de nuestras bocas y atraviesa un beso para poder clavarse en nuestra carne.
En medio del acto sexual podemos decir lo que se nos ocurra. Podemos pasar de lo grotesco y vulgar hasta lo dulce y tierno, todo lo que estimule eróticamente nuestros sentidos funcionará, lo sucio, lo mojigato, lo atrevido, lo amoroso..., lo único realmente importante es decir lo que se siente, ni más ni menos. Una palabra no sentida nos llevará al peor de los ridículos, ese en el que nos convertimos cuando no somos nosotros mismos.
Ni mi amiga, ni el hombre que hablaba como doblado al español, sabían que la palabra se vuelve caricia sexual cuando sale del lado íntimo de nuestra alma. Cuando no se parece a nada que se haya dicho antes, cuando reta al silencio porque sabe que es más sensual que el silbido del viento, cuando se arroja y se entrega, cuando se retuerce primero en los deseos de nuestro amante para recoger cada temblor de nuestras manos con la absoluta confianza de saber que dos personas están en el lugar que nadie ha estado, que estamos sólo donde podemos estar cuando los dos estamos abrazados…, uno en los brazos del otro.

