domingo, 3 de febrero de 2008

JUGANDO EN SERIO

Por nuestros juegos,
por las velas, por la risa,
por el canto.

Cuando en el motor de búsqueda de Internet intento indagar sobre “juegos sexuales”, la pantalla arroja 139.000 resultados. Los contenidos de cada página resultan similares y con frecuencia repiten técnicas de juego, algo así como un listado de buenas ideas para aprender a jugar.

Uno de estos sitios web anuncia: “…te damos un par de ideas para que pongas en practica y condimentes un poco los aspectos de tu vida sexual, renuévate, experimenta y disfruta con cualquiera de estos Juegos Sexuales”, en otro espacio me llamó la atención: “Las puertas del placer no se abren de repente”, me pregunté a qué puertas se refería, pero la propuesta indicaba que los juegos sexuales eran la llave para abrirlas. Más adelante leí: “Personalidades sexuales para darle variedad a la vida sexual”, y animaban a los lectores a usar disfraces.

Entre los hallazgos de las listas de juegos sexuales, hay uno que pondré a consideración: “Comerte un yogurt con tu pareja puede convertirse en todo un placer. Retira muy lentamente la tapa, mientras recuerdas a tu pareja que no tienes cuchara para comerte el yogurt, desnúdala, y utiliza su cuerpo como receptor de pequeñas cantidades de yogurt que irás comiéndote poco a poco” Intento imaginarlo todo y por supuesto uno se puede preguntar cosas concretas como ¿Qué tipo de yogurt debemos usar? ¿Con Bacilos Búlgaros? ¿Con dulce? ¿Y si llegan hormigas? ¿Y si la pareja tiene una intolerancia a la lactosa? Francamente no sé porqué yogurt. Siempre recuerdo mis clases en primaria en las que me enseñaban que el yogurt viene de la vaca, hasta el momento no es una sustancia que encuentro del todo erótica. Su olor tiene cierta acidez de la leche vieja, aroma con la que realmente me cuesta asociar un orgasmo.

Lo interesante es que el tema de los juegos sexuales puede ser tan estereotipado como patético, en la formulación de técnicas para saber jugar, podemos perdernos de lo que es realmente erótico, con el afán de seguir un guión que no es nuestro.

Cuando decimos “No estoy jugando, es en serio”, ponemos en escena la creencia existente de que el juego es lo opuesto a la seriedad. Pensamos que si queremos demostrar que una relación es comprometida y seria, no es una relación en la que se juega y mucho menos en el terreno de lo sexual. Sin embargo, en ocasiones, nada es más serio que un juego y atrevernos a jugar en pareja es una forma de comprometernos más con el otro.

Para los juegos sexuales no hay que seguir libretos en los que se indica como usar un vaso de yogurt, o como vestirse de colegiala, o como cubrirle los ojos a la pareja, mientras se le lleva a la boca pedacitos del mercado, una escena que en la película “Nueve semanas y media” se reveló toda. Para jugar hay que entender el juego como una posibilidad de lo erótico y tener la disposición para adentrarse a un mundo de la sensualidad, en el que la diversión y el amor van de la mano.

La lectura del propio cuerpo y la lectura del cuerpo del otro, será la carta de navegación para saber hasta dónde llegar. El juego debe dar lugar para lo fantástico, para lo impredecible, para cruzar los límites de lo cotidiano. Los juegos eróticos se atreven a bajarse de la cama, a buscar rincones insospechados y a recrear personajes que no somos.

En las tiendas especializadas podemos encontrar una larga lista de juguetes sexuales, extraños artefactos hacen parte de toda una industria que nos sugiere distintos caminos para explorar el placer. Sin embargo para jugar no se necesitan juguetes, y el uso de los juguetes no implica necesariamente que exista un juego. Para jugar se requiere la confianza, se requiere desinhibirse y dejar la inseguridad de nuestra sexualidad a un lado, para dejarse caer en los ojos de quien nos ama. Sólo así, los juguetes sexuales cobrarán algún sentido, pues son ayudas para la fantasía, pero sólo nosotros somos los que podemos imaginarla y hacerla posible en nuestra piel.

Un juguete sexual sólo es erótico cuando alguien es capaz de descubrir su propio erotismo a través de él. Si lo descubrimos en unos sorbos de yogurt estará bien, pero lo importante es saber que el juego lo inventamos nosotros mismos y nos reinventamos a nosotros mismos cuando jugamos. La próxima vez que nos pregunten si es jugando o es en serio, puede que jugando sea la mejor opción.

jueves, 13 de diciembre de 2007

TRES HIPÓTESIS A 32 GRADOS


Una mañana soleada entro desesperada a un café del centro, intentando encontrar algo de sombra que me arranque de la agonía del ingobernable clima. Sentada, escucho la conversación de las personas que tengo en la mesa de al lado. Son tres hombres, dos son extranjeros y el tercero es de la ciudad. Los extranjeros parecen españoles por su acento. El de aquí, está alrededor de los 30 años. A pesar de la informalidad de sus vestimentas y de las risas, me parece que hablan de negocios.

Uno de los extranjeros, el más joven, dice que han estado en Bogotá y que ha observado que existe una marcada diferencia entre la forma de ser de la gente, que parecen dos países distintos, que él está interesado en conocer qué es lo típico de esta región, del Caribe.

El hombre de aquí le responde con una tremenda inocencia, pero con el desparpajo más grande “Lo típico del Caribe son muchas cosas.., verás tenemos el mote de queso, el machucao de ají, el arroz con coco, el suero, la música de acá como la champeta y el vallenato, la chicha de corozo, esos sombreros que ahora están de moda, la arepa de huevo” – cuando concluye su repertorio suelta una risa y con picardía dice “ah, y la agarradita de huevo, el hombre costeño se reconoce por la agarradita de huevo”

El español no comprendió, pero yo no pude evitar reírme. Salí del café pensando en lo que aquel curioso hombrecillo había descrito como una característica propia del hombre costeño, y mientras caminaba algunas cuadras hasta el lugar de mi destino, se reveló ante mis ojos lo que ocurre todos los días de manera inadvertida: hombres en el centro de la ciudad, bajo el sol inclemente, se llevan las manos a los genitales desprevenidamente, algunos guardando un poco más de estilo estético, otros con escupitajo al piso incluido, uno que otro con cierta propiedad para subir un pie al andén o para apoyarse en algún muro. Los más descarados estirándose simultáneamente, sin el más mínimo recato.

Un espíritu investigativo me abrazó y logré, antes de llegar a la Plaza de la Aduana, plantear algunas hipótesis. La primera, los hombres se agarran los genitales en la vía pública y de manera automática, porque les rasca…, lo considere razonable, es picazón, cruel comezón o prurito que le llaman técnicamente. De esa rasquiña que desespera, que sólo reconoce el aquí y el ahora.

La segunda hipótesis, pensé, puede ser por una cuestión de acomodamiento. Los genitales masculinos a diferencia de los femeninos son un poco…, digamos, móviles, entonces puede ser que con el movimiento normal, al caminar o sentarse, padezcan un frecuente desacomodamiento.

La tercera hipótesis se me ocurre más psicológica, puede ser sólo para recordar que sigue allí. Freud hablaba de algo que se llama la ansiedad de castración, y se explica como un temor en los hombres asociado a la posibilidad de perder el pene. Se supone que se presenta durante los primeros años, pero intuyo que en algunos esta angustia se conserva por toda la vida y se llevan constantemente la mano a los genitales en un acto inconsciente por asegurarse que su pene sigue donde debe estar.

A pesar de todos los hombres que observé esa mañana en el ritualístico acto de agarrarse públicamente los genitales, desde un vendedor de aguacates hasta un profesor universitario con guayabera, no estoy de acuerdo con el personaje que en aquel café aseguraba que esto es típico del hombre costeño. La desagradable costumbre se evidencia sólo en algunos. Muchos otros, a pesar de llevar el Caribe en sus venas, actúan con más prudencia y dejan estos movimientos para la intimidad de sus vidas, o por lo menos evitan hacerlo en plena vía pública, a 32 grados centígrados y frente a tantas miradas.

Sin embargo, de cara a mis planteadas hipótesis me pregunto ¿No es más fácil ir dónde un médico para hallar la razón de la rasquiña? ¿No sería buena idea intentar usar otra ropa interior que evite el desacomodamiento crónico? ¿Dejar atrás los rotos calzoncillos que han perdido el elástico y ponerse a la moda con boxer ajustados? Y para el caso de los que simplemente quieren confirmar la presencia del pene, es más sano resolver el conflicto de ansiedad por castración, no sea que un triste día no lo encuentre en su lugar, que se le haya caído pero de cogérselo tanto.

En todos los casos es apropiado buscar la razón y afrontarla, y evitar que se haga típico algo que no tiene porqué serlo. Hace poco en una edición de la revista SOHO, Andrés Ríos, escribió un provocador artículo en contra de los costeños. Aprovechando esta columna, le respondo con cariñosa sátira: Existe una sensualidad en el hombre del Caribe que hace que hombres como él, los quieran fuera de Bogotá, pero mujeres, que espero no la de él, los vengan a buscar acá.


viernes, 7 de diciembre de 2007

DETRÁS DE UN CUERPO QUE CANTA




“Oye Piñales la vida vale la pena Coge la pala en la mano y vamos a sacar arena César Jiménez ya la creciente bajó Vamos a sacar la arena pa`ganarnos el arroz Amil Martínez la vida vale la pena”

Petrona Martínez


Las mujeres cantaoras del Caribe tienen la fuerza de una voz ancestral, su canto se escucha desde Santa Ana hasta San Martín de Loba, y conversa con otros cantos de aquellas voces de cantaoras del pacífico colombiano.

Etelvina Maldonado, Martina Camargo y Petrona Martínez, son una muestra de sublimes maestras bullerengueras y son representación de muchas mujeres que encontraron en el canto la manera de expresar la sensualidad del Caribe, en la firmeza de sus voces y en la pasión de años dedicadas a los bailes cantados, a la tambora y a las palmas.

Son mujeres que parecen haber nacido viejas, sin miedo a las canas, ni a las arrugas, cuya muerte como lo dice Etelvina, sólo ocurrirá cuando dejen de cantar. Y aún así, son voces tan memorables, que retarán el olvido cuando llegue el último día de sus vidas y detengan su respiración, porque seguirán cantando desde algún lugar lejano y su fuerza se seguirá sintiendo en el monte, en los patios de Gamero, en San Cayetano y en Palenque.

En entrevista con el periodista David Lara Ramos, Martina Camargo refiere como acompañó a su padre, Cayetano Camargo, a morir: “le cogía la mano y le preguntaba, papá, ¿le canto tambora?, y él me decía sí, con la cabeza. Yo me le acercaba al oído y le susurraba: ‘papá. le voy a cantar unos temas y usted me dice cuál le gusta” Alguna vez él le había pedido a su hija que nunca dejara de cantar, como si intuyera en ese momento, que era ese mismo canto el que lo iba a conectar con la vida cuando estaba cercano a la muerte. En la misma entrevista, Martina le confiesa a David Lara que ese había sido un momento triste y alegre a la vez “…a veces no podía seguir, me daba dolor verlo así”

Aunque es posible que algunas personas se sintieran complacidas al escuchar en la ceremonia de coronación del Reinado Nacional de la Belleza, la voz de la santandereana Diana Hernández, líder del grupo María Mulata, me pregunto con cierta sospecha las razones que motivan a los organizadores del concurso para traer personajes que imitan pobremente a nuestras cantaoras, teniéndolas a ellas tan cerca, aquí mismo en el Caribe. El cierre de la semana de las fiestas de independencia de Cartagena, se hizo con el mal remedo de nuestras bullerengueras, como si ellas ya estuvieran muertas.

El haberse ganado un premio en un festival en Viña del Mar, no significa que sea representante de nuestra cultura. Aprenderse un bullerengue y cantarlo bonito, no convierte a nadie en bullerenguera, ni debe ser suficiente para confundir a un auditorio, que incauto cree que se está haciendo un reconocimiento de lo propio, cuando en realidad se aprovecha el grito de una cultura para transformarlo en un mercado, en el que todo se vende.
Bastante molesto resulta ver a las presentadoras de RCN comentando películas del Festival de Cine, con esa fachada del séptimo arte que convence muy poco, como para además tener que soportar la incapacidad de diferenciar entre un bullerengue o un chandé, espero que por lo menos la cantante de María Mulata si supiera lo que estaba cantando.

El erotismo de las voces de nuestras cantaoras va mucho más allá de una voz bonita para el canto, es el erotismo de un estilo de vida, de la tradición oral, lo que ocurre mientras se lava la ropa, cuando se busca el agua y se reconoce lo cotidiano de cada día. Alguna vez escuché que Etelvina Maldonado cambió varios premios para que sus hijos pudieran ir a la escuela, entonces tal vez el bullerengue sea sólo un pretexto para mostrar todo lo que se lleva dentro.

Para sacar la voz del cuerpo de una mujer cantaora, se debe recordar lo que ese cuerpo vive. La sensualidad de sus voces viene desde adentro navegando por lo ríos, de la mujer que se escapa en las noches para cantar, de la que deja los oficios a un lado, que enreda al marido con dulces engañitos para poder cantar, que levanta a sus hijos y les da primero de mamar con sus tetas y luego les da de mamar con su canto.

Es cautivante el papel de la mujer en la conservación de la cultura popular, de aquello que se aprende de la boca de la abuela y se regala a la boca de la nieta, de las historias cantadas a sus hijos en las piernas, sembrados en una mecedora, justo antes que el anochecer despunta.

El reconocimiento de nuestra identidad es lo que nos recuerda el sujeto que somos, de dónde venimos es el único punto de partida que nos permite imaginarnos y soñar hacia dónde vamos. Las mujeres cantaoras del Caribe colombiano llevan a cuesta nuestra cultura y nos susurran al oído de qué estamos hechos. Si olvidamos esto, olvidaremos quiénes somos y dejaremos de ser, para convertirnos en nada, en la desgraciada nada.
*Etelvina Maldonado desde el lente de Lisette Urquijo

viernes, 30 de noviembre de 2007

MASCULINIDAD Y ZONAS RESTRINGIDAS

Una vez supe de un hombre que le solicitaba a su pareja que le acariciara la región anal cuando estaban haciendo el amor. Así como suena, un hombre que le pedía a la mujer que ella le acariciara la región anal a él. A pesar de los pensamientos prejuiciosos que en algunos lectores puedan aparecer, lo conmovedor de la historia es que ella lo hacía, pero se llenaba de dudas sobre la masculinidad de su amante, y se preguntaba si animarse a solicitar tales caricias, se relacionaba con la posibilidad de que él fuera homosexual.

Algunas personas consideran que las sensaciones placenteras de la región anal son posibilidades únicamente femeninas y sólo las mujeres o los hombres homosexuales pueden encontrar placer frente a este tipo de caricias. Al parecer un concepto cultural se refiere al hombre como aquel que mantiene intacto su ano, de tal manera que se cree que un hombre que penetra a otro hombre no es un homosexual, porque su rol de penetrador incluso lo hace mucho más macho.

Este sistema de creencias al que pertenecemos, manifiesta dudas sobre si la masculinidad puede perderse frente a la penetración anal, así sea en un examen clínico de la próstata, que de hecho todos los hombres mayores de 40 años deben hacerse, pero el temor es tan exagerado que algunos deciden prescindir de esta evaluación médica. Casi se prefiere elegir el cáncer de próstata, antes de exponerse a la mano de un profesional.

A través del tiempo se ha identificado lo masculino con lo fálico que rompe, que penetra, y la simbología de lo femenino se ha representado con el receptáculo, la cavidad capaz de recibir y de ser penetrada. Así, se ha interpretado que el ano de un hombre no deba ser partícipe de la sexualidad heterosexual, entre un hombre y una mujer, por la estrecha similitud con la identificación de lo femenino. Como si el ano recordara el lado femenino de lo masculino.

Frente a la posibilidad de que en el intercurso sexual, una mujer acaricie o incluso estimule penetrando el ano de su pareja con sus dedos, o que lo haga parte del sexo oral, es simplemente la muestra de una sexualidad que llega hasta donde esta pareja lo permite, hasta el lugar en el que este hombre y esta mujer se sienten satisfechos y seguros con las caricias, pero no debe ser interpretado como determinante sobre las preferencias sexuales de este hombre.

El temor a la homosexualidad no sólo le ha hecho daño a los homosexuales, también le ha hecho daño a hombres y mujeres heterosexuales que se han condenado a sí mismos a vivir una sexualidad limitada, desconfiada y prevenida. Una sexualidad que se oculta de sus propios miedos y tabúes.

Algunos hombres definitivamente no sienten interés alguno en que su pareja estimule esta zona de su cuerpo, pero esto no quiere decir que sean más masculinos o que exista menos probabilidad de que algún día se interesen por alguien de su mismo sexo.

Muchos de aquellos que aseguran que un hombre es homosexual al permitir este tipo de caricias, en la privacidad secreta de sus relaciones sexuales conocen el placer de esta región, sólo que prefieren guardar silencio y distraer la mirada juzgando a otros con comentarios carentes de sentido. Hace parte del matiz paradójico de la vida.

La mujer cumple un papel fundamental en el descubrimiento del cuerpo del hombre y de sus posibilidades, es ella quien puede amarlo, y hacerlo libre de sus propias zonas restringidas. El límite de una caricia amorosa es la vulneración de un ser humano, es frente a la vulneración cuando la caricia deja de ser caricia para convertirse en instrumento de violencia. Pero en una pareja adulta, mientras exista la felicidad de ser acariciado, cualquier rincón del cuerpo, por condenado a la marginación que esté, será el lugar perfecto para susurrarnos palabras de amor.

martes, 27 de noviembre de 2007

ESTRELLA PORNO POR UNA NOCHE



Detrás del mercado de la pornografía se gesta todo un mundo paralelo relacionado con la explotación sexual, las drogas, la violencia, la delincuencia y el abuso sexual. Más allá de la moralidad, la pornografía requiere un análisis crítico de todo lo que se encuentra velado bajo la sombra de unos labios ardientes que evidencian el sexo de la manera más escueta.

El sexo que se muestra en la pornografía es absolutamente estereotipado, sobre dimensiona situaciones que se distancian de la vida sexual de una pareja normal, de aquellas parejas que toman café en la mañana y tienen malos días. A diferencia de personajes como la rubia Ginger Lee, las mujeres de comunes tienen vellos en las piernas, estornudan haciendo el amor y quedan embarazadas. A diferencia de Dick Ho, un actor porno asiático del los 70, los hombres de todos los días llegan del trabajo oliendo a sudor, no consiguen siempre la erección que quisieran y se les cae el cabello.

Si se concibe que lo erótico sólo está determinado por lo que lo mediático nos muestra, corremos el riesgo de sentirnos frustrados frente a nuestra propia sexualidad, a pesar de que siempre puede ser mucho más excitante que la que vive cualquier actor en un set de actuación. La pornografía puede ayudarnos a crear imágenes erróneas y distorsionadas de lo qué es la sexualidad humana.

Sin embargo, un tema que se ha hecho polémico, es la posibilidad de hacer videos íntimos caseros, con contenido sexual, en el que los actores son la misma pareja y ellos mismos son su único público. Una situación es la pornografía como un mercado y otra es lo que una pareja construye desde el ejercicio de sus juegos eróticos.

A través de lo audiovisual podemos emplear técnicas para capturar los momentos placenteros. La sexualidad produce un enorme goce estético, no sólo porque produce placer, sino porque el erotismo produce un caudal de sensaciones incontenibles. Lo que hace una pareja que decide fotografiarse o video grabarse haciendo el amor, es justamente capturar simbólicamente ese goce, y digo simbólicamente porque el goce sólo se sentirá en el momento mismo, pero la imagen no sólo permitirá la evocación y el recuerdo, sino que dará la sensación de tener en nuestras manos un pedacito de ese maravilloso momento que vivimos juntos.

Nuestro cuerpo sexual es un cuerpo que desconocemos, sobre todo las mujeres. Los hombres de alguna manera exploran ese cuerpo sexual a través de autoerotismo, pero el cuerpo femenino ha sido tan velado que incluso algunas mujeres no conocen su propio clítoris. Cuando una pareja decide grabar ese momento erótico de su sexualidad, les permite a ambos un reconocimiento de un cuerpo que resultaba ajeno. La vista y la audición, entonces, participan y responden generosas con la posibilidad de adornar con sensaciones innombrables el placer que se descubre a través de nuestra piel.

Una pareja que decide filmarse haciendo el amor y una tarde cualquiera deciden ver juntos aquellas imágenes, es una pareja que busca alternativas creativas para transformarse cada día. Sin embargo, el asunto peligroso es la idea de que uno de los dos, cuando las circunstancias cambien, se atreva a hacer uso indebido de este material, lo que pone en evidencia la intimidad frente a un mercado inescrupuloso que lo transforma en pornografía.

Los casos son numerosos y constituyen una vulneración de los derechos sexuales. Algunas veces lo que comienza como un juego sexual inocente, nos puede llevar a la desgracia, sobre todo cuando no respetamos unos mínimos códigos éticos para no hacernos más daño que aquel que el desamor ya nos trae.

La idea no es mala, ser estrella porno por una noche en la intimidad de la pareja, dos adultos que toman decisiones adultas y con el amor bendiciendo al placer, suena como un juego erótico apasionante. Siempre y cuando se cuente con la certeza absoluta de que la misma pareja se convierta en los mejores custodios para proteger aquello que han compartido y cuya evidencia trasciende los límites de la propia piel.